Aniversario de Beethoven

Palabras de Benedicto XVI sobre Beethoven, cuyo 250 aniversario se celebra hoy

|

Hoy se cumplen 250 años del nacimiento de una de las figuras más aclamadas en la historia de la música, Ludwig van Beethoven. El 16 de diciembre de 1770 nacía en Bonn, perteneciente a la archidiócesis de Colonia, el músico que iba a revolucionar la música tal y como se conocía.

Por este motivo, el periódico digital Infovaticana ha rescatado las palabras que el Papa Benedicto -conocido amante de la música- le dedicó a Beethoven, en concreto a su novena sinfonía. Hay que añadir, sin embargo, que a la hora de elegir, el Pontífice emérito muestra más aprecio a la música de Mozart que a la del genio de Bonn.

Fue en el legendario Teatro de la Scala de Milán, el viernes 1 de junio de 2012, durante una visita pastoral a la archidiócesis de Milán, cuando el Papa Benedicto XVI se pronunció acerca del compositor alemán y de su novena sinfonía.

“La gestación de la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven fue larga y compleja, pero desde los célebres primeros dieciséis compases del primer movimiento, se crea un clima de espera de algo grandioso y la espera no queda defraudada.

Beethoven, aun siguiendo sustancialmente las formas y el lenguaje tradicional de la Sinfonía clásica, hace percibir algo nuevo ya desde la amplitud sin precedentes de todos los movimientos de la obra, que se confirma con la parte final introducida por una terrible disonancia, en la que se halla el recitado con las famosas palabras «¡Oh amigos, no estos tonos; entonemos otros más atractivos y alegres!», palabras que, en cierto sentido, «pasan página» e introducen el tema principal del Himno a la alegría. Es una visión ideal de humanidad que Beethoven dibuja con su música: «La alegría activa en la fraternidad y en el amor recíproco, bajo la mirada paterna de Dios» (Luigi Della Croce). No es una alegría propiamente cristiana la que Beethoven canta, pero es la alegría de la convivencia fraterna de los pueblos, de la victoria sobre el egoísmo, y es el deseo de que el camino de la humanidad esté marcado por el amor, como una invitación que dirige a todos más allá de cualquier barrera y convicción.

Sobre este concierto, que debía ser una fiesta jubilosa con ocasión de este encuentro de personas provenientes de casi todas las naciones del mundo, se cierne la sombra del seísmo que ha producido gran sufrimiento a numerosos habitantes de nuestro país. Las palabras tomadas del Himno a la alegría de Schiller suenan como vacías para nosotros, más aún, no parecen verdaderas. De hecho, no experimentamos las chispas divinas del Elisio. No estamos ebrios de fuego, sino más bien paralizados por el dolor ante una destrucción tan grande e incomprensible que ha costado vidas humanas, que ha dejado a muchos sin casa y sin hogar. Incluso nos parece discutible la hipótesis de que sobre el cielo estrellado debe de habitar un buen padre. ¿El buen padre está sólo sobre el cielo estrellado? ¿Su bondad no llega hasta nosotros? Nosotros buscamos un Dios que no truena a lo lejos, sino que entra en nuestra vida y en nuestro sufrimiento.

En esta hora quisiéramos referir las palabras de Beethoven, «Amigos, no estos tonos…», precisamente a las de Schiller. No estos tonos. No necesitamos un discurso irreal de un Dios lejano y de una fraternidad que no compromete. Estamos en busca del Dios cercano. Buscamos una fraternidad que, en medio de los sufrimientos, sostiene al otro y así ayuda a seguir adelante. Después de este concierto muchos irán a la adoración eucarística, al Dios que se ha metido en nuestros sufrimientos y sigue haciéndolo. Al Dios que sufre con nosotros y por nosotros, y así ha capacitado a los hombres y las mujeres para compartir el sufrimiento de los demás y para transformarlo en amor. Precisamente a eso nos sentimos llamados por este concierto”.

Información obtenida de Infovaticana.com