Los enigmas de la visita

Pedro Sánchez en el Vaticano, por Julio Ariza

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Con motivo de la visita solemne de D. Pedro Sánchez a Ciudad del Vaticano, se han desatado multitud de especulaciones en los corrillos que desde ayer se forman a lo largo de la imponente la Vía della Conciliazione, en grupos de a 6. Más allá del tipo de performance que organizará Iván Redondo para la ocasión (¿Irá Pedro Sánchez con sus mejores Rayban y su cohorte de escoltas más altos que los miembros de la Guardia Suiza? ¿Llevará algún tipo de mitra, o de mandil? ¿Desmontará de una calesa tirada por 24 caballos negros, o quizá blancos?), más allá de los pequeños detalles de la puesta en escena, digo, lo que se preguntan hoy todos los mentideros cardenalicios de la Ciudad Eterna es a qué viene Pedro Sánchez, y por qué le recibe Francisco. En otras palabras: ¿Cuál será la agenda de ese encuentro? ¿De que hablarán?

A mí se me ocurren dos alternativas: que sea el Santo Padre quien haya provocado la visita para tratar de asuntos de conciencia, o que la visita la haya aceptado Bergoglio para hablar del fraternal encuentro entre mundos, civilizaciones y misteriosas arquitecturas universales.

Si fuera el Santo Padre el que recibe a Sánchez, entonces la visita habría sido provocada por el mismo Pontífice (no en vano, puente entre Dios y el hombre) para abordar los más relevantes asuntos de conciencia, esos que escapan a algunas de las recientes encíclicas del obispo argentino, y en ese caso el Papa le dirá que no puede aprobar una ley de eutanasia como la proyectada, porque la vida los seres humanos es sagrada y no puede estar en manos de otros seres humanos, en línea con la doctrina de la Iglesia Católica sobre la pena de muerte; y le dirá que no cabe, en consecuencia, acabar con la vida del hombre ni antes de su nacimiento ni antes de su muerte natural; le recordará que  el hecho de que las niñas menores de 16 años puedan abortar es un crimen y que los derechos de los no nacidos son tan sagrados como los de los nacidos; le dirá que el estado no es nadie para romper la vida de los indefensos; le tirará de las orejas -como Juan Pablo II a Pinochet-  para recordarle que no se puede ser socio político de una tiranía que tortura y asesina como la bolivariana; le llamará a capítulo por la ley injusta y falsaria de memoria democrática, porque la guerra civil la empezó la izquierda con la quema de conventos e iglesias y el posterior asesinato de miles de cristianos y de cientos de mártires torturados y asesinados a manos del comunismo. Le exhortará a luchar contra las mafias que trafican con seres humanos y, tras prometerles falsos paraísos y sacarles el dinero, los abandonan en medio del mar para que mueran; le explicará que hay que luchar en origen contra la pobreza porque esos inmigrantes tienen derecho a poder vivir en su país. De todo eso -y de Dios- se hablaría si la entrevista se celebrara entre el Santo Padre y Pedro Sánchez.

Si la entrevista, sin embargo, se celebrara entre el argentino Bergoglio y el presidente español, los temas serían otros: se hablaría de la Pachamama, del Cambio Climático y el papel de Greta, de las políticas de género y los derechos LGTBI, de la lucha contra el capitalismo y el libre mercado, de la necesidad del confluir de creencias, del terrible Trump, del bueno de Lula y del auge de la extrema derecha en Europa, y se llegará a un acuerdo de «resignificación Del Valle de los Caídos».

Bergoglio debe elegir si le recibe él o el Papa. Si le recibe el progresista obispo argentino o le recibe el sucesor de Pedro. En el primer caso, lo más probable es que el español marche del Vaticano con una ostentosa bendición.  En segundo caso, es posible que obtenga, si se arrepiente y muestra propósito de enmienda, su perdón.

El hombre que dijo que no visitaría España hasta que estuviera en paz, recibe, sin embargo,  el día 24 de octubre al cabecilla que desenterró el hacha de guerra. Mucho me temo que…