Ya no cuela

Plan de chicas. Por Carlos Esteban

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¿Qué mueve a un adulto presuntamente racional, con experiencia de sus propias motivaciones y de las de los demás, a confiar en un candidato cuyo principal banderín de enganche es acabar con la corrupción? ¿Qué historial personal tenían los candidatos de Podemos que hiciera pensar a nadie que iban a ser inmunes a la tentación común al hombre de aprovechar la oportunidad de lucrarse y vivir a lo grande?

¿Cuándo vamos a entender que hay cosas que son comunes a la naturaleza humana, que para superarlas hay que contar, si acaso, con un incentivo igual de poderoso en sentido contrario?

En todas partes cuecen habas, es cierto, pero la decepción no es tan cruel como cuando un partido pide el voto precisamente para limpiar la cosa pública, presentándose como cándidas azucenas.

Por eso, Podemos no perdía votos con los mensajes más odiosos o las actuaciones más incompetentes, sino con cosas perfectamente legales, como comprarse un chalet en Galapagar huyendo de “la gente”. O, ahora, irse con amigas a Nueva York en un viaje perfectamente inútil que solo en el Falcon ha costado 95.200, en tiempo de penurias.