Platillos volantes, por Carlos Esteban

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Cuando quien te desea ardientemente fuera de la circulación te ofrece consejos para prosperar, no sé si es muy razonable seguirlos, aunque el Partido Popular mantiene a la izquierda que le desprecia como referente de campaña. Lo digo porque es moda que todo el mundo dé lecciones a Vox sobre lo que debe o no defender, y en la mayoría de las ocasiones es como el escorpión aleccionando a la rana.

Vox es, que yo sepa, el único partido del arco parlamentario que defiende la libertad de vacunación. No estamos en tiempos de argumentos elaborados, matices ni sutilezas, de modo que se entiende que entre ser partidario de que la gente elija libremente y alegar que las vacunas son un intento reptiliano de genocidio no cabe el grosor de un folio. Es decir, el poder sabe perfectamente y de modo infalible lo que te conviene y la libertad es un concepto desfasado y absurdo cuando hablan los ‘expertos’.

Así, leo en El Mundo que “creer en ovnis no hace daño a nadie, pero negar la eficacia de las vacunas puede ser letal. Una porción de las bases de Vox pretende imponer su fanática voluntad de tutela. Desmarcarse de ella honraría a Abascal e higienizaría la democracia”.

Y, sí, naturalmente, negar la eficacia de las vacunas puede ser letal, como puede serlo imponerlas a toda la población: la palabra operativa es “puede”. No hay sesgo tan popular como el sesgo de confirmación, por lo que no dudo de la información e inteligencia de muchos (no todos, en absoluto) ardientes defensores de la vacunación. Seguro que los datos que manejan son correctos y que sus razonamientos a partir de ellos son irreprochables. Pero los datos no pueden ser completos ni incontrovertibles, por definición, y sus deducciones pueden fallar. Son incompletos, por ejemplo, porque se desconocen los efectos a medio y largo plazo de las vacunas. Del curioso caso israelí ni siquiera voy a hablar.

No sé si hay muchos profesionales de primera línea defendiendo la existencia de los ovnis, por recurrir al ejemplo de El Mundo, no estoy en ese mundillo. Pero en el caso que nos ocupa las filas ‘negacionistas’ están llenas de ellos, empezando por los premios Nobel Luc Montagnier y Kary Mullis, en inventor del test PCR, y siguiendo por el doctor Robert Malone, descubridor, precisamente, del método del ARN mensajero. Ninguno es, ni de lejos, antivacunas o bebelejías.

De hecho, la brutal censura y persecución a la que son sometidos los disidentes, los que dudan, los que presentan objeciones, es lo más contrario al método científico que se pueda imaginar. La ciencia prospera y avanza con el continuo cuestionamiento, y basta recordar a Lysenko para advertir que lo realmente letal es a menudo que no se cuestionen los resultados de los científicos, sobre todo cuando hay billones de euros en juego y el prestigio y continuidad de incontables gobiernos. Las ideas que hoy podemos considerar más peligrosas y disparatadas fueron, en su momento, el ‘consenso científico’.

Los propios entusiastas de las vacunas, si son sinceros consigo mismos, reconocerán en su fuero interno que han sido engañados. No espero que lo admitan públicamente, ni siquiera que se lo confiesen a sí mismos, pero dudo mucho que cuando salieron estas terapias genéticas imaginaran que no iban a impedir al sujeto inoculado contagiar o contagiarse, sino solo tener síntomas más leves en caso de contraer el virus. No es lo que nos vendieron en su día, ni de lejos. ¿Qué impide que nos hayan engañado en algo más?

Pero todo lo dicho es irrelevante frente al principal argumento para oponerse a la vacunación obligatoria, y es que anula de un golpe la libertad y la base de la democracia. Si la opinión de los expertos puede traducirse en leyes coercitivas de modo automático, entonces hablar de voluntad popular es una farsa, y si uno ni siquiera puede decidir qué medicamento experimental mete en su cuerpo, la libertad no se distingue de la esclavitud.

Porque el argumento de que “negar la eficacia de las vacunas puede ser letal” es multiusos, y se usa una vez se usara todas las veces que desee el poder, también contra el criterio del editorialista de El Mundo. Es curioso, por ejemplo, que haya recurrido a la creencia en los ovnis teniendo mucho más a mano el Cambio Climático. ¿No es letal negar el cambio climático y sus efectos apocalípticos? Los expertos -que no dejan de ser aquellos científicos cuyas tesis coinciden con las que prefieren los poderosos- piensan que sí. Y mañana pueden presionar para que el repetido consejo de no comer carne se convierta en ley. O deshacerse de los coches, o no volar, o someter a la población a periódicos confinamientos “por el planeta”.

El pánico no puede cegarnos al punto de no darnos cuenta del precedente, este sí verdaderamente letal, de que el gobierno, los gobiernos, se den cuenta de que diremos amén a cualquier medida siempre que nos la vendan los expertos, que saben más.