Ya no cuela

Querido Klaus. Por Carlos Esteban

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Querido Klaus:

Te he visto esta mañana charlando por videoconferencia con la Obergruppencharo Von der Layen, que cabeceaba sonriente a tus obsesiones favoritas de meternos a todos un chip como si fuera un cyrborg rubio de esos con los que fantaseas. Te he visto, digo, y por un instante he sentido algo parecido a la ternura, mi pobre, pobre Klaus.

Soy el primero en reconocer que haces un magnífico genio del mal de peli de James Bond, sobre todo cuando te endosas esa negra indumentaria entre futurista y oriental, con tu acento alemán que se puede cortar con un cuchillo y tu rostro abotargado de estar siempre diciéndole a 007 que te alegras de volver a verle al fin, antes de activar un absurdo mecanismo para deshacerte despacito del espía al servicio de Su Majestad. Hasta el propio Soros da peor el papel, que con alguna imaginación uno se lo puede imaginar ya en el patio de la residencia echando pan a las palomas.

Pero no hay que forzar tanto, Klaus, que la gracia está en el secreto y la duplicidad, y tú pareces un vendedor de crecepelo especialmente insistente con tu Gran Reinicio, dándole un mal nombre a la conspiración. Ignoro cuál es tu problema, pero debes de ser la única persona en el planeta convencida de que esa horrible distopía que vendes tiene algún tirón entre la gente corriente.

Porque, al final, la cosa va de eso, de la gente corriente. De los 7.700 millones de personas que habitamos el planeta, y su obstinada naturaleza. No importa cuánta gente de posibles tengas detrás de tu delirio, no va a funcionar. Hemos probado utopías bastante menos disparatadas que la tuya, y nunca funciona, ninguna. Puede causar mucho dolor y durar algún tiempo con alguna gente, pero caerá igual como todo plan diseñado sobre la humanidad en un despacho.

Tienes 82 años, Klaus, un buen pasar y ese club de gente importante con el que te reúnes cada año en un precioso pueblecito suizo. No sé, pero yo me iría buscando otro hobbie.