Editorial

Editorial. Regresar a los hechos

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Lo característico, en los años setenta, de los regímenes totalitarios y de los países del tercer mundo cuyas sociedades habían sido hechizadas por las promesas mesiánicas del comunismo, era que producían gentes de una militancia completamente incondicional, dogmática, sin fisuras y abiertamente a crítica con la realidad.
Lo realmente chocante es que las producían dentro y fuera de aquellas sociedades cautivas. Vivían y pensaban -a ambos lados del telón de acero- en un burbuja virtual dada por la ideología. Impresionaban por su furiosa y ciega vindicación de la mentira. No importaban los hechos, que pasaban a ocupar un lugar secundario de la realidad. Sus argumentos, doctrinarios, automatizados, prejuiciosos, respondían siempre a una disciplinada respuesta irracional que consistía en la afirmación de la figura de líder, de las bondades del régimen,del paraíso que acabaría llegando inevitablemente. Y, sobre todo, de las maldades del capitalismo y del mundo occidental.
Esa ceguera voluntaria tuvo un saldo terrible: cien millones de muertos, hambre y miseria, represión y tortura, sufrimiento y vidas destrozadas. Tuvo que caer el muro de la vergüenza para que los jóvenes señoritos de la izquierda occidental abandonaran esa pasión de mentir a sus conciudadanos, esa patología.
Treinta años después, aquellos jóvenes malcriados han alumbrado nuevas camadas de fanáticos comunistas y ellos mismos están viviendo una segunda juventud. Han mentido a sus hijos para reivindicar su pasado desastroso.
El comunismo, como fuerza internacional, ha vuelto. No solo ha vuelto, sino que se ha apoderado de la izquierda. La socialdemocracia ha desaparecido de los tableros ideológicos y el progresismo se ha rendido de nuevo a la tentación totalitaria: la creación de una neolengua,la reaparición de la censura, la persecución de la disidencia, la prohibición de discurrir.
La tentación totalitaria es siempre la misma y el comunismo siempre se comporta de la misma manera: la mentira, la represión y finalmente el crimen.
Como entonces, ahora vivimos una nueva subordinación de lo vivido a lo pensado. ETA no fue una banda de asesinos que sembró la vida española de muerte, torturas, extorsión y terror, sino un grupo oprimido por el franquismo que tuvo la inteligencia de comprender que  la Constitución del 78 era un candado para las libertades (Pablo Iglesias dixit); el proyecto de Bildu no es el de ETA sino el de unos democráticos representantes políticos; en Cataluña no viola el derecho fundamental de utilizar la lengua española sino que se protege la «propia»; no existe un proyecto de la izquierda para que ETA gobierne en el País Vasco, ERC en Cataluña y desmontar el régimen constitucional, sino pactos presupuestarios progresistas; uno no es lo que es sino lo que siente ser (la ideología de género prima el engaño del sentir sobre la naturaleza del ser); lo que gobierna España no es un frente popular integrado por comunistas, socialistas y separatistas sino una «coalición de gobierno» que, por el hecho de serlo, tiene derecho a romper todos los consensos constitucionales: y así todo.
No hay que dar solo la batalla de las ideas. Hay que dar la batalla de los hechos. Se trata de combatir la mentira. Volver a la realidad de las cosas. Subordinar nuevamente lo pensado a los vivido, y no al revés. Y sí: el sueño de la razón produce monstruos. Estos.