Ya no cuela

Ruanda. Por carlos Esteban

PaterasImagen: EFE.
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La progresía británica anda de fiesta dedicada a su deporte favorito, el rasgado de vestiduras y el postureo moral, ante la propuesta del Gobierno de reenviar a cuantos subsaharianos arriben a sus costas en patera pidiendo asílo a Ruanda.

Ahora, yo entiendo perfectamente que quien arriesga la vida atravesando dos continentes para llegar a esas frías islas, cuando tiene a tiro de piedra países en los que no tienen nada que temer y en los que les sería mucho más sencillo integrarse, no quieren acabar donde empezaron, es decir, en el Tercer Mundo.

Como también entiendo a los ultraliberales que ven a los seres humanos como fichas de un Lego, acoplables en cualquier lugar, y que por tanto creen, en la infortunada frase de Thatcher, que “la sociedad no existe” y que, por tanto, las fronteras son un mero engorro prescindible, un arcaísmo.

Y si el debate pudiera plantearse con esa desarmante sinceridad, algo podría hacerse. Pero no es el caso. En este asunto todos los que cuentan, mienten.

Ningún partido propone en su programa dejar entrar en el país a quien le dé por ahí, sin más historias ni complicaciones. Pero la mayoría quiere que este sea el resultado; y el resultado, en la práctica, es que haya dos marcos, uno para los idiotas que siguen los engorrosos trámites para instalarse en un país y otro para los que entran por la ventana y piden paguita.

Porque, dicen, son refugiados, que huyen de la guerra o la persecución. Dicen, pero, naturalmente, no se lo creen. En este asunto, todo el mundo sabe y guiña. Porque si el problema fuera la guerra (¿dónde?) o la persecución política, lo de Ruanda les debería parecer de perlas.

Esta hipocresía tiene dos efectos devastadores. El primero, para la seguridad de los inmigrantes, que tienen que someterse a una gynkhana mortal que puede acabar con sus huesos en el fondo del mar o en un mercado de esclavos libios. Y otro para el desprecio generalizado de la ley, que con esto queda demostrado que nadie cree en ella.