Sea anatema, por Carlos Esteban

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Todo diputado de Vox es un fascista, el término mágico, de imprecisa definición, que hace buena cualquier agresión y despoja de cualquier derecho o presunción de humanidad. No es una opinión, es un hecho, y por eso hemos oído gritarlo en el sagrado recinto de la voluntad popular sin que a su presidente se le mueva un músculo.

En general, la izquierda, como conjunto de seres de luz, está facultada, obligada casi, a definir a su manera, en el tono airado que considere oportuno y el nivel de decibelios que le permitan sus pulmones llamar a todos los diputados ajenos a su grupo “delincuentes” (Pablo Iglesias Turrión) o a Vox “estercolero” (el niño Errejón) o a una de sus diputadas “pija y mala persona” (Joan Valdovì).

Ser de izquierdas es eximente de cualquier violencia verbal y de muchas físicas, un sobreentendido que no ha hecho falta codificar por obvio y que todos han aceptado hasta la fecha. En cuanto a la causa de esa secular exención de responsabilidad, la doctrina está dividida. Hay quien lo achaca a la idiotez congénita y el complejo de inferioridad de la derechita española, otros a la hegemonía cultural de larga data de la banda siniestra y, por último, una minoritaria pero ingeniosa escuela aventura que el mecanismo de indulgencia es el mismo que usan los cuerdos con los maniáticos recalcitrantes o los adultos con los niños que no han llegado a la edad de la razón.

En cualquier caso, este extraño privilegio y esa curiosa tendencia al pataleo grosero y violento en sede parlamentaria de la izquierda viene de antiguo. Ya el primer socialista que se aupó al Congreso en España, Pablo Iglesias (nomen omen), dirigiéndose al entonces presidente del Consejo de Ministros, el conservador Antonio Maura, el 7 de julio de 1910 amenazó: “Hemos llegado al extremo de considerar que, antes que S. S. suba al Poder, debemos llegar hasta el atentado personal”. El atentado personal se produjo dos semanas más tarde, por cierto.

También es de rigor citar, por lo pintoresco, el caso de Indalecio Prieto, dirigente socialista y futuro ministro de Defensa, cuando esgrimió una pistola cargada el 4 de julio de 1934, amenazando con ella a un diputado derechista.

Chiquilladas, en fin, que uno recuerda con una sonrisa, con esa misma indulgencia con que se pasa por encima de los asesinatos indiscriminados de ETA que, al fin, se definían como marxistas leninistas y, como tales, no podían ser del todo malos. Porque los malos, los ontológicamente malos, los tutsis que hay que aplastar como cucarachas por el hecho de existir, los judíos cuya mera presencia envenena el Reich, es Vox. Y la presidente del Congreso lo ha entendido perfectamente, como lo ha entendido la turba de periodistas lacayunos y genuflexos.