Ya no cuela

Si la vida no es sagrada. Por Carlos Esteban

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Decía Chesterton que aunque fuera ateo, preferiría que su médico o su abogado fueran creyentes, porque así tendrían un código por encima de las leyes humanas que les impulsaría a tratarle con honradez. Es otro modo de decir que las ideas, y más que ninguna otra la cosmovisión general, tienen consecuencias, algo que, por mucho que sepamos y aun repitamos, seguimos sin aplicar a los asuntos de la vida pública.

No es lo mismo, no puede serlo, ser gobernados por quienes creen que toda vida humana es sagrada que por personas que ni siquiera pueden creer que haya algo sagrado en todo el cosmos y que somos, al fin, una peculiar estructura atómica sin mayor valor intrínseco que cualquier otra.

En este sentido, uno tiene que agradecer a gente como Yuval Harari que se atreven a extraer las conclusiones de sus premisas. Si la vida humana no es sagrada en absoluto y el mundo está lleno de gente que no contribuye especialmente, carga inútil, sobrante, ¿qué hay más natural que deshacerse de ella?

La salvación de tantos hasta ahora se basaba en parte en la inercia intelectual del cristianismo, cuyo código ético permanece vagamente en las primeras generaciones que han abandonado la fe, y en parte en una cuestión más práctica: los poderosos carecían de la capacidad física, tecnológica, para sobrevivir y prosperar sin grandes contingentes humanos, así como para diezmarlos a placer sin incurrir en graves riesgos para su propia supervivencia.

Y eso es exactamente lo que ha cambiado en las últimas décadas. No se necesita a tanta gente; no se necesita siquiera a la mayoría de la gente, ahora que la automatización y la inteligencia artificial permiten producir con una fracción mínima de mano de obra todo lo necesario.

Quienes deciden, quienes tienen el dinero y el poder, nos ven desde hace tiempo como una mala hierba, pero el nuevo paradigma consiste en que ahora tienen los medios para segarla sin excesivo riesgo.