Editorial

Un cordón sanitario y una venda en los ojos

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Esta propuesta del cordón sanitario no es otra cosa que la última muestra de la decadencia vertiginosa de las instituciones democráticas. Para ser demócrata, hay que cerrarle -nos dicen- la boca al adversario, acorralarle en las afueras del sistema, negarle la legitimidad de la existencia, convertirle en un paria. Ser demócrata -sostienen- es convertir a Vox en el partido-casta de los intocables.

Este detritus cacareado por la nomenclatura mediática, de situar a Vox al margen del sistema, llama a la cancelación del disidente, como mañana llamará a la adhesión inquebrantable al régimen.

Todo este movimiento de cordones sanitarios, descalificaciones y ostracismos, solo puede desembocar en la unanimidad en torno a un verdadero credo y en la hegemonía de una sola estirpe. Los que ya mandan, quieren mandar absolutamente. Los que disienten, deben ser expulsados. Los que contemplan, deben ser cegados. Un cordón sanitario y una venda en los ojos: he ahí la nueva conquista democrática.

Pero el unanimismo no es democrático. El pensamiento único no es una conquista de la libertad sino la puerta de la estupidez. Occidente consiste (consistía) en algo mucho más serio que ese sucedáneo en forma de apisonadora que llaman diversidad: el pluralismo -ideológico, religioso, político, social etc.- que ahora nos niegan.

Lo que estamos viviendo es la imposición -dulcificada por el lenguaje- de una ideología indecente: ya no se habla de censura sino de cancelación, ni de mantener autocráticamente el monopolio del poder sino de formar cordones sanitarios en torno a los discrepantes para que no lleguen nunca a gobernar. ¿Acaso hace falta ya ilegalizar a un partido? ¿Que otra cosa es un cordon sanitario (hoy sobre Vox, mañana quien sabe) que un campo de concentración para las opciones políticas de la disidencia?

Da igual que a uno le voten millones de ciudadanos de un país. Al fin y al cabo, ¿para que vale la opinión de un ultra derechista?

Impresiona ver a estas alturas del siglo XXI esta versión grotesca y rediviva del sufragio censitario: como yo soy progresista, mi voto vale más que el suyo. En otras palabras: Vote usted lo que le plazca que su voto no servirá nunca para nada, porque gracias al cordón sanitario, a la cultura de la cancelación y al unanimismo mediático, ni usted -el enemigo del pueblo- ni los que piensan como usted,  llegarán nunca al poder. Ya se sabe: no tendrán nada (tampoco en la cabeza) y serán felices (como dicen que son los bueyes bajo el yugo, aburridos, constantes en su mansedumbre).

Y sin embargo, la Historia encuentra siempre su salida.