Una profecía facilona, por Carlos Esteban

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, comparece en el Pleno del Congreso para explicar los indultos a los líderes separatistas e informar de la situación política y económica, así como de los últimos consejos europeos extraordinarios. EFE/ Emilio NaranjoEl presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, comparece en el Pleno del Congreso para explicar los indultos a los líderes separatistas e informar de la situación política y económica, así como de los últimos consejos europeos extraordinarios. EFE/ Emilio Naranjo
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Corre por ahí un meme -esa forma de sinopsis comunicativa específica de nuestro tiempo- que muestra la tumba de la derecha con el siguiente epitafio grabado en la lápida: “¡Anda que si el caso fuera al contrario!”.

Como suele suceder en este género, glosar el meme es siempre estropearlo. El referente es siempre una realidad que puede comprobar cualquiera; en este caso, el de un conservadurismo que ante el último insólito desmán del progresismo en el poder reacciona con una queja tan racional como fútil.

La derecha cree en la ley y la izquierda, en el poder. Y aquí acaba todo. Por eso la derecha seguirá asombrándose hasta morir con un quejido del descaro indecente de la progresía y su doble vara de medir.

En su defensa de unos indultos que antaño aseguró no aceptar jamás, Sánchez ha dicho que «nunca jamás» aceptará un referéndum de autodeterminación, y al facherío mediático le ha faltado tiempo para asegurar que guardará la frase para cuando el gobierno acepte el referéndum, en un nuevo ejercicio de banalidad.

Hemos dicho hasta la saciedad que el presidente es un mentiroso compulsivo, y los documentos en vídeo y audio que parecen confirmarlo podría colapsar un disco duro. Pero me parece inexacto llamarle mentiroso. El mentiroso simple, la variedad común, silvestre, de mentiroso es un tipo que dice lo contrario de lo que sabe cierto para conseguir un beneficio o evitar un mal. Pero Pedro, y con él un número creciente de poderosos, no ve la diferencia entre cierto y falso y elige lo falso conscientemente. Imagino que, espigando cuidadosamente sus declaraciones, podrían encontrarse algunas, quizá muchas, en que dice algo que va a hacer y luego, efectivamente, hace, o que relata lo que realmente ha sucedido. Es, sencillamente, que no le importa si algo es verdad o mentira, esa es una categoría que no tiene ninguna relevancia. Se hace en cada momento lo que se cree conveniente para aferrarse al poder -ni siquiera al poder: a su sombra, a su reflejo- y luego se inventa uno la explicación que sea para justificarlo.

Es un mero trámite, y diría que ni siquiera le quita el sueño darse cuenta de que nadie le va a creer; ya ha cubierto el expediente, como con su tesis, y puede pasar a lo siguiente.