Una sociedad enferma, por Rafael Rossy

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Las elecciones al parlamento autonómico de este domingo certifican que, si algún efecto ha producido esta pandemia sobre la salud mental de los catalanes, éste ha sido solo nocivo.

El de los ‘hare krishna nazionalistas’ no es un quiste nuevo; sabíamos, ciertamente, que no faltarían a esta nueva cita para votar a una de las dos ‘sectas’ separatistas: la siniestra de ERC y la histriónica de ‘Junts’. Conocemos desde hace lustros que esta tumefacción supremacista no tiene cura. Cada caso individual tiene fácil diagnóstico por el carrusel de síntomas común a todos los pacientes: el odio al resto de la población, un negacionismo histórico capaz de alcanzar niveles de delirio y una gran variedad de trastornos obsesivo compulsivos.

Hay, en realidad, una sencilla terapia de choque con magníficos resultados: la constatación, en un baño de realidad, de la imposibilidad efectiva de sus alucinaciones. Lamentablemente, es una terapia que las instituciones del Estado les han negado hasta ahora. Atendiendo a la elevada edad media de los pacientes y a la creciente deserción de los jóvenes, que se van hartando de tanto pelma, es posible que este grupo en cuestión de meses quede limitado al puro y exclusivo rebaño.

El resultado que este colectivo cancerígeno ha conseguido, como consecuencia de un sistema injustamente favorable, es que la suma de los partidos separatista formarán (podrán formar (podrían formar (o habrían podido formar))) gobierno. Con todo, es importante tener presente que los votos recibidos en estas elecciones por estos partidos suman 720.000 menos que en las anteriores y que representan únicamente una cuarta parte del censo electoral. Habrá que recordárselo cuándo se repitan los recurrentes trastornos de ansiedad ‘volem votar’.

Terrible locura es también que más de medio millón de catalanes hayan votado a alguno de los dos partidos de ultraizquierda de corte totalitario, es decir, Podemos y la CUP. Contrariamente, a lo que se cree, muchos de los votantes de ambas formaciones radicales son jóvenes de clase social acomodada. Cuánta razón tiene Clint Eatswood. En lugar de preocuparnos por qué planeta dejaremos a nuestros hijos, deberíamos cuestionarnos qué hijos estamos dejando a éste planeta.

Es una afección grave la de este colectivo de votantes y pocas veces reversible. Causa grandes problemas en la interacción social. Su origen se encuentra en el sobredimensionamiento tumoral de la pereza, la envidia y el odio. Este virus radical presenta una potencialidad destructiva sin límites. Es capaz de provocar en muy escaso tiempo un terrible deterioro en los sistemas económicos que, de persistir, terminan indefectiblemente con la muerte.

“EFECTO ILLA”

Pero, en estas elecciones, se ha manifestado una nueva y preocupante enfermedad mental. Se trata de un trastorno raro del espectro del autismo que ha sido llamado ‘efecto Illa’. Al parecer está causado por factores epigenéticos y ambientales que actúan durante las etapas más tempranas. No obstante, aunque se hubiera considerado en los primeros días de sintomatología como una patología típicamente infantil, se ha demostrado que presenta manifestaciones graves en cualquier edad. Nos encontramos, esta vez sí, con una enfermedad psiquiátrica completamente irreversible y es importante que los pacientes y sus familiares lo asuman desde el primer momento: el idiotismo profundo no tiene cura alguna.

Illa abandonó pocos días antes la oficina central de maximización mundial de defunciones y ruina económica con unos resultados finales únicos, realmente extraordinarios: más de 100.000 muertes y una economía devastada con un sector de la restauración que no podrá levantar cabeza en lustros. Se sabe que nadie en el mundo ha sido capaz de causar semejante tragedia. Salvador Illa ha sido el indiscutible campeón mundial de la muerte y de la ruina, pero hay quien le niega el mérito, que se lo atribuye a la suerte; como si para conseguir ser el peor ministro de Sanidad del planeta no hubiera tenido que ocultar información a la población, darle consejos temerarios, facilitar la distracción de importantes recursos que deberían haber ido a la adquisición del material indispensable, complicar la llegada de instrumentos eficaces de control de la pandemia y mentir, mentir día tras día, mentir a todos los españoles sobre cualquier cosa, incluido el número de familiares y amigos muertos como consecuencia de su sanguinaria especialidad, reduciendo eso sí, por encomiable modestia, las cifras a casi la mitad. Un héroe.

La más honda idiocia –diplomada en la Sexta con masters en Cuatro– no podía dejar escapar un mirlo blanco de incompetencia como éste, y menos desde que, sin abandonar esa triste cara de sepulturero, nos mostró sus primeras risitas en los debates, a la par que evolucionaba su extraño embarazo. Fiel –cómo no– a Iván, Salvador interpretó su papel con todo el cinismo que requería la ocasión, inclinando el voto autista hacia su partido y proclamándose el vencedor de la noche en su papel de pelele de los debates.

Hasta que llegó el momento determinante durante la campaña: el rey de la muerte fue requerido a la realización de un test de antígenos. Un momento así, puede cambiar el curso de la historia. Su mente se obnubiló. ¿Cómo debía actuar? En esos instantes los conceptos de mascarillas y tests se confundían en su neuronas. Pero en unos segundos se hizo la luz y recordó ese mensaje que la OMS lanzó en marzo y en el que reclamaba la realización masiva de test como medio indispensable para control de la pandemia. “Test, test, test” dijo el Director General de la OMS, recordó Illa. La luz se había hecho a tiempo y, ya iluminado, exclamó un NO rotundo a que le hicieran el test. ¿Cómo podía él a someterse a un test del que está absolutamente en contra?, ¿cómo iba a promocionar un instrumento que se está manifestado extraordinariamente eficiente para la detección de casos y la reducción de los muertos? ¡Menudo susto! Unos segundos de distracción y casi cambia de bando. Finalmente, evidenciada su incompetencia completa, Illa estaba ya en condiciones de recibir el voto de ese creciente número de autistas teledirigidos hasta proclamarse “primer candidato sin opción a candidato”, una distinción de la que ahora se siente particularmente orgulloso.

Algunas menciones deben hacerse también en el segmento de los partidos llamados constitucionalistas. ‘Ciudadanos’ ha acudido con Arrimadas a la campaña con una compleja técnica de paramnesia del reconocimiento que provoca la extraña sensación de que ese instante ha sido vivido previamente; el fenómeno es conocido en francés como ‘déjà vu’. Por otro lado, estamos estudiando la revolucionaria técnica electoralista de Carrizosa de reclamar el voto, en una TV3 con una audiencia muy mayoritariamente separatista, con el argumento de estar a solo un escaño de la victoria de los constitucionalistas. Todavía no hemos alcanzado a comprenderla.

Finalmente, hubo un candidato al que se le fue abiertamente la olla y confundió una campaña electoral –el momento de presentar propuestas sensatas que puedan interesar a franjas importantes de la población– con el show televisivo del club de la comedia, para el que demostró, eso sí, estar particularmente dotado. Su resultado electoral ha sido el peor de la historia de su partido.

11 candidatos de Vox han conseguido entrar en el parlamento catalán. Algunos pensarán que son pocos para un parlamento tan grande. Lo dicen porque desconocen que lo que ha entrado, en realidad, es una auténtica vacuna.