Por José Merladet

Varias noticias del mismo día, de muchos días

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Hace un par de jornadas, periódicos influyentes como El País daban en páginas correlativas dos noticias aparentemente distintas: la dimisión en bloque del gobierno holandés de Rutte y el impeachment de una ex ministra danesa. 

La primera por la realización de un informe que muestra restricciones y control indebidos realizadas en la atribución de prestaciones sociales a holandeses mayormente de origen inmigrante con la excusa de la aplicación de un inaceptable principio de precaución o sospecha y la segunda por haber separado a parejas también inmigrantes alegando que se trataba de matrimonios concertados (en algunos casos con chicas menores, incluso de 14 años). 

Ambas medidas han sido universalmente celebradas como un triunfo de la democracia (¡qué lejos de la situación española donde nadie dimite nunca por nada!) y de los derechos humanos. ¿Como el gobierno holandés ha podido tener la desfachatez de discriminar entre sus ciudadanos para ahorrar dinero? ¿En qué cabeza cabe, sin pruebas fehacientes pensar que los ciudadanos de origen extranjero puedan tener más propensión a defraudar que los locales?  

En Dinamarca la separación de las parejas violaría también los derechos mas fundamentales y el Folketing (Parlamento) activaba su propio proceso de reprobación política a la anterior ministra de Integración, Inger Stojberg por haber separado de manera ilegal a varias parejas de migrantes jóvenes que en 2016, en plena crisis de refugiados en Europa, pedían asilo en el país. Stojberg, conocida dentro y fuera de Dinamarca por su mano dura en inmigración, se convertirá así en la primera política sobre la que pesase inicia un impeachment desde 1995, y en la sexta en la historia de Dinamarca.  

Sin embargo algún escéptico conspiranoico ha relacionado ambos eventos y ha visto en ellos una conexión que mostraría una pérdida de soberanía de todo un importante y rico país como Holanda y el castigo a una defensora de la moral social danesa e indicaría el fin de las naciones que tradicionalmente se creía estaban compuestas por un territorio y una población estables y con una cierta continuidad espaciotemporal defendida ferreamente por un gobierno. Se consagraría hacer idéntico para todo, no solo legalmente sino en control de prestaciones, a una persona de una cultura incardinado quizás por milenios y posiblemente por siglos en una “patria” (palabra que viene de “padres”) constitutiva de una nación (del lugar donde se nace) con una persona venida de fuera poco tiempo antes con otra cultura, lengua, grupo étnico e incluso una concepción muy distinta de la vida y de las relaciones familiares y sociales. Según la idea de «patriotismo constitucional» de Habermas ambas personas, autóctono y alóctono deben ser estrictamente iguales en todo y para todos.

En este sentido también ayer se ha conocido una noticia relevante en un país  fundamental de la UE: Berlín introducirá una «cuota migrante» del 35% para su administración que se aplicará a todas las oficinas y empresas públicas y también a la policía y la justicia.   

Todo esto supondría -según la arcaica visión identitaria y soberanista mencionada- el fin no solo del nacionalismo sino también de las naciones. Sin bordes, ni fronteras no habría tampoco a la postre Estados. 

La construcción de las naciones y de la propia Europa no sería una cuestión de poder o intereses, sino de algo mucho más profundo: el sentido de identidad personal y de grupo. La vida política, como toda vida, no tendría valor si no tuviera límites y, por lo tanto, opciones. Es la finitud lo que nos obligaría a dar sentido a las cosas. Sin límites ni raíces propias no existiría – según ellos- ni una identidad posible, ni un destino o significado colectivo ni siquiera un «europeísmo». 

Decía un influyente político nacionalista hablando hace poco sobre la inmigración que no había diferencia alguna entre uno que hubiera vivido en su tierra toda su vida y por varias generaciones antes con otro que acabara de llegar: los dos eran ciudadanos idénticos. También indicaba que un tema tan importante y necesario había que sacarlo del debate público porque la gente del común no entiende la necesidad de abrir las puertas y traer masivamente jóvenes extranjeros de otra cultura para pagar pensiones y realizar trabajos penosos o peligrosos y, en su ignorancia, si se hablaba y discutía de estos temas las personas podían volverse xenófobas. 

Muy cierto -replican aquellos-, pero con la permeabilidad actual y creciente de las fronteras, voluntaria o negligente, y con los cambios legislativos que se producirán en breve para obtener los votos de los recientemente llegados, todo el mundo -y no solo asilados y refugiados sino inmigrantes por cualquier causa natural o ambición personal- podría venir a estas tierras y ser ciudadano… Entonces ¿qué permanecería de su ensalzada y tan celebrada nación?  

Nada: otro variopinto conglomerado multicultural, una simple satrapía intercambiable con otra cualquiera del nuevo Imperio mundial de Mr. Global.

L’enfant terrible