Vuelven los padres, por Julio Ariza

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Acabo de superar el Covid19. Estar ingresado en el hospital, con dificultades respiratorias y el abatimiento propio de este maldito virus, le hace a uno tomar distancia, separar el grano de la paja e intentar valorar las cuestiones realmente importantes de la vida. En ese estado llega uno a la siguiente conclusión: la vida es la primera misión del ser humano. Vivir la vida en profundidad, y hacerlo dignamente. Y luchar por ella. No solo por la propia -esa es la primera, ciertamente- sino también por al ajena. La vida de los inocentes.

Entre las noticias que podía ir siguiendo desde aquella cama articulada, amarrado oxígeno y con esas vías abiertas en las venas para la entrada de la medicación y el suero, que le dan a uno la sensación de estar medio preso y atado a la cama, hubo una noticia que me dió tanta o más fuerza, tantos o mayores bríos que la propia medicación: la semana pasada el parlamento del estado de Tennessee, en los EE.UU., tramitó un proyecto de ley que crea un medio legal para que los padres de los concebidos y no nacidos puedan participar en la decisión del aborto y, en consecuencia, vetar dicha decisión, que deberá ser conjunta de ambos progenitores.

Inmediatamente pensé: vuelven los padres. Vuelve el reconocimiento legal, en el trance más importante del ser humano, que es sin duda su propio nacimiento, del hecho maravilloso de ser padre. Por primera vez los hombres pueden alzar la voz y decir: ese hijo es tan mío como suyo, y nadie puede poner fin a su vida sin mi consentimiento (tampoco, ciertamente, con el, pero mucho menos sin él).

Con cierto esfuerzo, pude leer: el proyecto de ley ha sido presentado y defendido por el parlamentario republicano Jerry Sexton y por el senador estatal republicano Mark Pody, y permite expresamente una vieja demanda: «que el padre progenitor pueda reclamar de un tribunal una orden judicial para prohibir que la mujer embarazada del hijo común aún no nacido pueda abortar contra la voluntad del padre».

Con la cabeza medio ida por la fiebre, medicado, debilitado, con la capacidad pulmonar algo mermada, aquella noticia fue un auténtico chute moral y me sentí ciertamente mejorar. No diré yo que aquellos parlamentarios del lejano e indómito Tennessee me curaran del coronavirus, pero no cabe duda de que hoy, más que nunca, en las grandes cuestiones esenciales de la vida, el aleteo de una mariposa en un lado del planeta puede provocar al otro lado del mundo increíbles efectos. Antes se decía aquello de que «cuando Paris toma rapé, en Madrid la Corte estornuda».  Algo parecido pasa hoy con los EE.UU.

Lo que ha ocurrido en Tennessee no es sino el primer paso, y desde luego es expresivo de que algo está pasando en la sociedad norteamericana en la defensa de la vida. Una corriente subterránea se ha puesto en marcha y no tengo ninguna duda de que acabará extendiendo y llegando a muchos rincones de occidente.

La civilización tiene sus propias fuerzas. De pronto, en un lugar del planeta, surge una iniciativa de puro sentido común, que es irrebatible biológica y filosóficamente: el hijo es de los dos, y yo, como padre, tengo todo el derecho del mundo para poder evitar el aborto de la vida que he contribuido a crear.

Bueno sería que Vox alzara esa bandera y presentara en el Congreso de los Diputados una iniciativa como la de Tennessee. Y que luego la iniciativa se replique en el Parlamento Europeo, y de ahí a los demás parlamentos nacionales.

Una cultura, como es la cultura de la vida, se defiende con este tipo de iniciativas. El movimiento se demuestra andando o, como decía San Agustin: solvitur ambulando…todo se resuelve caminando. Arranquemos pues.