Ya no cuela

Agotamiento democrático

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Me siento nostálgico de los tiempos en que pillábamos al gobierno -cualquiera de ellos- en un renuncio, en una metedura de pata, metiendo la mano en la caja o mintiendo con toda la boca, y los medios se lanzaban sobre la noticia y los gobernantes balbuceaban, se excusaban, se disculpaban y, a veces, incluso enrojecían un poco ante las cámaras.

La democracia tiene mucho de eso, de la facultad de poder poner a los que te mandan cada día contra las cuerdas, de obligarles a dar explicaciones y, sino a dimitir, cosa que no se estila en este país, al menos bajar un tanto la cabeza.

Ahora ya da hasta pereza recordar que dijeron esto y están haciendo exactamente lo contrario, con una precisión que suena a recochineo y quizá lo sea. Porque da igual, porque son constantes, descaradas, diarias, elefantiásicas y no conseguimos que muevan un músculo ni se arrepientan de nada.

Tengo para mí que incluso les gusta, que leen los solemnes ‘J’Accuse’ del columnista de turno o las más populacheras diatribas del vulgo en redes y les divierten, las disfrutan, les recuerdan que ya no tienen que responder de nada y que es más gracioso cuando todo el mundo se da cuenta de que son intocables. Es como si supieran que nunca van a ser destronados.