Ana Iris

|

Tiene el destino burlón el edificante hábito de empujarnos a pecar en lo que de forma pública y reiterada hemos denunciado. Hablo en esta ocasión de esa fascinación secreta y ese complejo de inferioridad que tan a menudo lleva a la derecha a ningunear a los suyos y hacerle la ola al primer izquierdista que nos haga una carantoña, y aquí estoy yo ahora para hacerle la ola a una sedicente socialista, Ana Iris Simón, por sacarle los colores a Sánchez en su misma cara. Mea maxima culpa.

Pero, como avezado pecador, traigo con mi pecado la disculpa, en la confianza de que mitigue o incluso extinga mi culpa. Y es una disculpa triple, como las bondades de los huevos Kinder.

Lo primero es que la opinión de derechas de un tipo de derechas tiene en el discurso público el peso de una pluma, porque la izquierda es la ideología hegemónica.

El secreto de esta vetusta clasificación es que mientras ‘izquierda’ es un endónimo, ‘derecha’ es un exónimo, y con esta pedantería quiero decir que es la izquierda la que decide las etiquetas. Así, no ser liberal no significa ser necesariamente de izquierdas, como tampoco no ser conservador o reaccionario. Ni siquiera no ser ninguna de las tres cosas y definirte de izquierdas basta, porque la izquierda hoy, la que existe y se ve y pesa como el plomo, es una secta gnóstica, un ‘gentlemen’s club’ con estrictos requisitos de pertenencia. El esencial es que el adepto debe decir amén a cualquier cambio en la línea, y no solo con asentimiento total y de corazón, sino con celeridad y sin titubeo alguno, como si lo que se cree hoy, parido esta mañana, fuera lo que se ha creído siempre.

Decía de España el entonces vicepresidente Alfonso Guerra que no la iba a reconocer ni la madre que la parió tras el paso del socialismo por el poder, pero otro tanto podría haber dicho de la propia izquierda. De hecho, en las tierras del club un miembro podría subirse a un cerro con su hijo, alevín de progreso, y declarar mirando las ubérrimas doctrinas de la secta: “Algún día, hijo mío, todo esto será también fascismo”.

Ana Iris Simón está, precisamente, en ese proceso de excomunión del que suelen eximirse los sumos sacerdotes para dejar el trabajo sucio a los lacayos, los que tienen que hacer méritos, identificados con un triangulito rojo invertido en redes sociales. Y la condena no puede ser tibia, no se le puede acusar, no sé, de veleidades derechistas, porque todo lo que queda fuera de lo suyo es puro fascismo. Expongo mi caso con un tuit de un @pbcueto: “Por ahí fuera se habla de los ‘nipsters’, nazis sofisticados, distintos del arquetipo noventero del skinhead. Y aquí está prosperando con cada vez más brío un falangismo elegante, con las mismas ideas que Hogar Social Madrid, pero más sutileza. Ana Iris Simón es el mejor ejemplo”. Ya ven, la chica es nazi, para qué andarnos con tonterías.

Lo segundo es algo que vengo diciendo hasta el hartazgo, el mío propio y, a mayor abundamiento, el de mis sufridos lectores: las líneas de batalla ya no son izquierda y derecha. Esta clasificación pervivirá aún algunos años, porque la fuerza más poderosa del universo político es la inercia, y no digo que no tenga alguna utilidad, pero el caso de Ana Iris está lejos de ser el único que justifica lo que digo. Porque la novelista, sí, ha sido excomulgada por los suyos, pero también lapidada por los liberalios, por seguir a Hughes en la nomenclatura. ¿Y qué une a Ana Iris con los derechistas que la aplauden, y qué une a los que la lapidan de izquierda y derecha? Si se responde bien a esa pregunta se obtienen los bandos que de verdad se están enfrentando en la palestra ideológica mundial, y no diré más ahora.

Y mi tercera disculpa, quizá la más importante, es que, no habiéndome endilgado yo mismo la etiqueta sino por descarte, tampoco le doy demasiada importancia. Con eso quiero decir que si algo me parece justo y verdadero, se me da una higa que me digan que eso no es de derechas, o que lo defendía el mismísimo Genghis Khan. La realidad no es, en última instancia, ideológica, y las cosas que cuentan, las que tienen más peso en la vida, se ríen de las etiquetas.