Cara de póquer

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Una de las funciones esenciales de la prensa áulica en las sociedades totalitarias es poner cara de póquer.

Imaginen una reunión vital del consejo de administración de una enorme multinacional. Todos los consejeros están sentados, tensos, a la espera del presidente, que llega con una peluca naranja de payaso, una nariz falsa de Carnaval, con gafas de plástico y bigote ridículo. Bien, la misión de la prensa ahí sería la del secretario del consejo que finge que no hay nada raro en eso, que es perfectamente normal. No explicarlo, sino avergonzar preventivamente a quien haga amago de asombrarse con un gesto de “sin novedad en el frente”.

Reprimir y disolver la sensación generalizada de que están sucediendo cosas sin precedentes; de que, buenas o malas, las novedades que rompen por completo lo habitual hasta el momento deben tenerse por tales y explicarse por lo menudo. Explicadas o no, es necesario que los medios lo presenten como la cosa más obvia, natural y esperable del mundo.

Al fin, el niño que gritó que el rey estaba desnudo no estaba haciendo un juicio negativo sobre el repentino nudismo de Su Majestad; no pretendía ser la suya una crítica a la audacia regia en lo sartorial, sino el inocente asombro de quien sabe que no es normal que los soberanos se exhiban ante sus súbditos en pelota picada.