Conspiración, por Carlos Esteban

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No sé si se han fijado, pero es común que cuando un comentarista profesional se siente obligado a sacar los pies del plato y plantear una explicación de la realidad que se salga del guión (y no hablo de las trifulcas mezquinas de los partidos) empiece diciendo que él (o ella) abomina de las teorías de la conspiración.

Ahora, es curioso, porque cuando uno lo piensa en frío cinco minutos se da cuenta de que la conspiración no es una explicación especialmente irracional. Al contrario, la idea de que personas con un interés común se pongan de acuerdo de espaldas al público es completamente razonable, algo que se le ocurre a cualquiera incluso si nunca hubiera oído la palabra ‘conspiración’.

De hecho, cualquiera entiende que las grandes decisiones internacionales se toman en entornos discretos, sin luz ni taquígrafos, aunque el resultado más evidente pueda hacerse público.

Y, sin embargo, cualquier sugerencia de que dos o más personas poderosas se hayan podido poner de acuerdo en algo que no hacen público, o que no hacen público de manera formal, atrae inmediatamente la ridiculización de quien la hace, a quien se adjudica inmediatamente un gorrito de papel de plata y se le compara con los defensores de las teorías más absurdas y paranoicas.

¿De dónde viene esta demonización automática, refleja, de la posibilidad de una conspiración? Lo ignoro, pero veo detrás de ello una conspiración.