Indultos a los separatistas

El proceso

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, pronuncia en el Teatre del Liceu de Barcelona la conferencia "Reencuentro: un proyecto de futuro para toda España", ante representantes políticos y de la sociedad civil, en vísperas de los posibles indultos a los líderes del proceso separatista catalán presos. EFE/Toni AlbirEl presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, pronuncia en el Teatre del Liceu de Barcelona la conferencia "Reencuentro: un proyecto de futuro para toda España", ante representantes políticos y de la sociedad civil, en vísperas de los posibles indultos a los líderes del proceso separatista catalán presos. EFE/Toni Albir
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Durante los años del plomo en las islas británicas, se institucionalizó llamar a toda aquella guerra sucia de terrorismo y antiterrorismo salvajes “the Troubles”, así, en mayúsculas, como si británicos y norirlandeses no tuvieran en la vida otros ‘problemas’ que el liarse a tiros por ver quién se quedaba con el Ulster.

Debe de ser costumbre o constante, y aquí en España sabemos que si alguien habla del ‘proceso’ en catalán, el ‘procés’, está hablando del quebradero de cabeza sin fin que plantea el independentismo.

Se me ocurre que esas dos palabras, los problemas y el proceso, quizá respondan a la idiosincrasia de la cosa que describen, que para las autoridades británicas aquello era, sobre todo, un problema que había que resolver, y para los catalanes se trata de un proceso a lo Kafka que hay que eternizar.

Uno intuye, de hecho, que la cosa no va exactamente de resultados, que la independencia plena de Cataluña puede poner líricos a los que han crecido a la sombra mítica del Pilós y el Corpus de Sang, pero para los que están en el cotarro sería un bajón.

En realidad, un bajón sería para todos, porque no hay realidad que esté, ni de lejos, a la altura del sueño, y quienes han dedicado su vida a la causa tendrían, de golpe, que volver a la gris realidad de lo normal, y a darse cuenta de que la adrenalina también causa síndrome de abstinencia.

La cosa del proceso, de que de lo que se trata es de agitar más de acabar, está en su misma retórica, como en ese Viaje a Ítaca en el que se incide sobre el encanto del camino por encima del placer de llegar a casa, que siempre es mejor un hogar imaginado que el real cuando se lleva tanto tiempo soñando en un país donde hay siempre helado de postre. Nunca sabremos cuántas veces Dios nos ha castigado dándonos exactamente lo que pedimos.