El safari de Pablo

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¿Es cosa mía o Iglesias está leyendo fatal el panorama? Decía Twain que es más fácil engañar a un hombre que convencerlo de que ha sido engañado, y solo puedo decir amén a eso. Pero no es menos cierto que cuando al fin lo descubre, cuando se hace imposible no advertir que uno ha sido engañado, la probabilidad de que vuelva a creer al mismo trilero tiende a cero.

Bajar del chalet en el norte disfrazado de barriada a la barriada es sencillamente un insulto, es llamar idiota a tu votante potencial. Cuando todo el mundo sabe cómo y dónde vive y cuánto atesora, cuando se le ve repartir prebendas entre sus favoritas como un monarca concediendo feudos, todo intento por proletarizarse para la ocasión se aprecia como sangrante sarcasmo, como un reírse del personal, peor que si llegara a Vallecas en un carruaje precedido de lacayos con librea.

En el electorado de Podemos distingo tres bloques principales: los ingenuos, los paniaguados y los que solo quieren que todo arda. Los primeros son los que hicieron posible el gran ‘sorpasso’ de los días de vino y rosas; son los que creyeron en ese mensaje ‘transversal’ de regeneración y limpieza, los que veían a estos chicos portando la espada flamígera con la que habrían de limpiar la vida política. Estos desaparecieron casi de golpe con la mudanza a Galapagar. No queda uno solo.

Los paniaguados son los que esperan un beneficio directo de la victoria, ya en forma de cargos y carguitos, ya de subvenciones y ayudas varias. Estos resisten hasta el amargo final, porque por los garbanzos se mata, más cuanto menos quede. Pero su lealtad, por eso mismo, se extiende tanto como el poder del partido para repartir paguitas, reduciéndose exactamente al mismo ritmo en que se reduzca el control de Podemos sobre el presupuesto, en una espiral hacia abajo que no augura nada bueno para la formación morada.

Quedan los que solo quieren que todo arda, el nihilista existencial al que no se le puede convencer de que Podemos arruinará a España e impondrá un régimen totalitario porque genuinamente no le importa. Hay gente así, de verdad. Pero tampoco a estos les hace demasiada gracia el teatrillo indecente de los líderes reconvertidos en casta llegando a sus barrios como si fueran de safari, vistiendo como los nativos. En el mundo que quieren ver arder está también la mansión de Galapagar, con su tinaja y todo.