El velo rasgado

|

Como el sol, el poder político es una realidad que el hombre no soporta mirar directamente mucho tiempo, sin filtros. Es demasiado humillante. Despojado de toda floritura, al fin, significa aceptar que unos tipos de tu misma especie, de idéntica naturaleza, pueden obligarte a hacer lo que no quieres con la amenaza de la violencia. Y no ocasionalmente, como el matón del patio o el gánster, sino de forma estable y continuada, todos los días de tu vida.

El hombre común no puede vivir con esa humillación en su consciencia, y por eso, desde que existe, ha buscado formas de aliviarla. Como la sacralización del poder, por ejemplo: obedecer al rey no es degradante porque, al fin, no es más que el portavoz del dios Marduk; u obedecer a su Católica Majestad, ungida con los sagrados óleos.

Las ideologías encontraron otras fórmulas para lo mismo. Hitler no es realmente un individuo, sino la encarnación del Pueblo Alemán; Stalin no es meramente un hombre, sino el Proletariado hecho carne. Estas mistificaciones no exigen más fe que nuestra coartada favorita, la de la Soberanía Popular, por la que respondemos al dilema afirmando que nadie nos manda, que somos nosotros mismos los que nos gobernamos por medio de terceros.

Asombrosamente, esta fantasía se sigue creyendo frente a la diaria experiencia en contrario. No entiendo bien cómo puede un ciudadano común leer en las noticias o experimentar en carne propia lo que diariamente prohíbe u obliga el gobierno y pensar “esto soy yo quien lo prohíbo o lo obligo”.

El secreto está en las formas. Para que la ilusión se mantenga, las formas lo son todo. El poder debe cuidar su peso y atenerse a las reglas para que no se vea demasiado claro el lobo bajo la piel de cordero, y para que el súbdito pueda seguir imaginando, para salvaguardar su dignidad, que es un hombre libre solo sometido a la ley abstracta e igual para todos.

Ese es el velo que hoy vemos rasgarse cada día un poco más con Sánchez. Su absoluto desprecio por las formas más elementales, su descarado reparto del botín entre sus conmilitones, como un ejército de ocupación viviendo de la tierra, sus maniobras mafiosas y su desdén por cualquier poder legítimo que limite el suyo va a tener, me temo, un efecto duradero mucho más allá de su nefasto mandato.