El vídeo

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Una de las escenas que más insistentemente nos ha llegado de la crisis de Ceuta ha sido el vídeo de una voluntaria de la Cruz Roja abrazando con intensidad e indudable ‘pathos’ a un subsahariano recién surgido de las aguas, supuestamente afectado de hipotermia y agotamiento. No me preguntaré, porque no hace al caso, si un recorrido a nado de unos 30 metros entre dos puntos de una playa mediterránea separados por un espigón en mayo justifica el resultado aparente. Lo que me interesa del vídeo y de la insistencia en él es el proceso de selección de anécdotas visuales como medio para asentar el guion de un acontecimiento.

Lo que sucedió en Ceuta, cuyas consecuencias siguen y seguirán durante largo tiempo, es de una gravedad difícil de exagerar. Santiago Abascal, haciéndose eco de muchos otros, lo califica de “invasión”, a lo que Mónica García, Médico y Madre y diputada de la Asamblea de Madrid por Más Madrid, respondía en Twitter con un comentario que también refleja el planteamiento de muchos otros: “Curiosa “invasión” la de Marruecos donde vienen fuertemente armados con pañales y con peligrosas técnicas de guerra como el gugu-tata. La mala gente haciendo el ridículo de nuevo”. Ignoro si García tiene conocimiento de cómo Marruecos logró la evacuación de España del Sahara y se hizo con el territorio, pero su reducción al absurdo responde muy bien a esa concepción del mundo por imágenes, como si una invasión solo pudiese implicar tanques y uniformes, igual que han impuesto en la psique colectiva que el totalitarismo solo puede llegar con cantos marciales, desfiles y consignas patrióticas. Es decir, viviendo de imágenes del pasado.

Pero lo que se trataba de lograr con el vídeo de marras, y lo que se ha conseguido en buena medida, es reducir el complejo y, repito, gravísimo episodio a una escena ternurista. ¿Qué transmite el vídeo? Fácil: “Esto es principalmente una crisis humanitaria, y quien lo vea de otra manera es un desalmado. Nosotros somos los buenos, los únicos que tenemos empatía, los que sabemos que esto se arregla con abrazos y cuidados. Las víctimas lo son por definición, huyen de un destino horrible (que no se concreta) arriesgándose en una aventura a vida o muerte”.

Todo esto no podían decirlo con palabras sin tropezar a cada paso con la burla, la contradicción y la refutación. Pero eso es lo maravilloso del vídeo: que no tiene que decir nada, ni siquiera apelar a la razón, sino al sentimiento humano común. Al verlo, uno no piensa que hay ahí una cámara eligiendo planos, ni un proceso de edición, ni la elección de quien lo lanza a través de los medios y redes sociales por delante y con exclusión de otras muchas escenas que se daban en ese mismo momento y que no tuvieron la misma suerte.

En mi caso, vi otra cosa, creo que importante. Vi un abrazo como me hubiera gustado dar en abierto a mi madre, por ejemplo, pero que de haberlo hecho en las calles de mi ciudad me hubiera valido con toda probabilidad la reconvención de los espontáneos y, posiblemente, una multa. Es un abrazo prohibido. Para mantener esta situación tan aberrante y tiránica nos dicen que, de no prohibirnos esos abrazos o caminar bajo el sol a cara descubierta, la terrible peste nos mataría a todos. Es el mensaje con el que aún nos martillean desde todas partes a todas horas. Y, sin embargo, vemos a cada momento que queda suspendido y olvidado cuando conviene al poder, desde la cena del aniversario de El Español o el funeral de Julio Anguita hasta las marchas de Black Lives Matter o de reivindicaciones varias del gusto de los poderosos. Ni siquiera se buscan explicaciones o excusas: sencillamente, se olvida lo anterior, como si fueran realidades en dos planos que no se tocan o, más probablemente, dirigidas a públicos diferentes.