Elogio del viejo tirano

|

La vieja tiranía, la de los libros de Historia, tenía para sus oprimidos súbditos unos consuelos que la tiranía moderna desconoce, empezando por el hecho de que admitía lealmente no ser un gobierno del pueblo.

Uno podía ir por la calle y sonreír al vecino y mirar con secreta complicidad a los viandantes, en quienes veía hermanos de cautiverio. Todo lo que hiciera bien el tirano era un “¡qué menos!”; y de todo lo que hiciera mal éramos víctimas puras e inocentes.

Nadie espera bondad de Santos Banderas, pero tampoco nadie, fuera de su camarilla, se siente cómplice. Pueden sus súbditos dormir al menos con la paz de saber que, si no hacen nada por derrocarlo, al menos tampoco hicieron nada por elevarlo sobre ellos.

Si el tirano juzga hoy por traición a alguien y, al cabo, considera oportuno burlarse de toda justicia librándolo del castigo para afianzar su poder, lo hará sin escrúpulos, pero ahorrará al menos a su pueblo el bochorno de sostener que lo hace por generosidad y el reproche a quienes no lo entienda de no entender el perdón.