La carta más alta, por Carlos Esteban

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante una sesión de control del Congreso. EFE/Chema MoyaEl presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante una sesión de control del Congreso. EFE/Chema Moya
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Una de las más ambiciosas innovaciones del Tercer Reich en materia penal fue concluir que no existían delitos, sino delincuentes. Era algo así como la doctrina de la predestinación calvinista o una versión primitiva de Minority Report.

En la España de Sánchez, y ahorrándonos el aparataje teórico tan propio de los teutones, estamos en una versión avanzada del mismo sistema, del que hace ya algún tiempo dio Alberto Garzón una explicación ingenua en televisión: si eres de izquierdas, no puedes delinquir.

Sánchez es más modesto: no es tanto que seas o no de izquierdas como que amenaces o favorezcas al poder de su persona, verdadera estrella polar de lo justo y lo injusto en nuestros días.

Hay un pobre hombre al que se le ha muerto repentinamente la mujer en Motril, y lo han enchironado preventivamente, no pudiendo siquiera velar a su santa porque como individuo no es nadie, pero como estadística es siempre bueno para el convento, o para que los corifeos entonen el demencial “nos están matando”.

Uno de los que se han apuntado a la velocidad del rayo a la virtuosa lapidación ha sido el de las patadas en la tripa, el pequeño Errejón, que al saberse que la pobre mujer había muerto de causas naturales se limitó a borrar su justiciero tuit de denuncia.

Juana Rivas, condenada en firme, sale de la cárcel, en el muy dudoso caso de que la haya pisado, porque no es siquiera concebible en nuestro sistema ideológico que una mujer no pueda pecar habiendo varón que cargue con las culpas.

Vivimos en un juego de la carta más alta: mujer gana a varón, homosexual gana a mujer, transexual gana a homosexual, inmigrante norteafricano gana a transexual y, probablemente, el perro Excalibur acabe ganando a todos.

Pero por encima de todo está la lesa majestad, siendo aquí Sánchez el majestuoso, y si castigar un golpe de Estado puede dejarle año y pico sin albergar su colchón nuevo en la Moncloa y tener la ocasión de acosar al senil Biden en una cumbre, pues qué mal han hecho esos benditos, poner urnas. Perdón, generosidad y convivencia, y que siga la fiesta.