Ya no cuela

La democracia vaciada

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Aceptemos por un momento la hipótesis de trabajo de que todas las decisiones que está tomando este gobierno son excelentes, las mejores en las circunstancias dadas. Sé que exijo de ustedes un esfuerzo titánico, pero les ruego que me acompañen en esto.

El gobierno ha adoptado en cada momento la decisión óptima entre las posibles, como se apresura a ‘demostrar’ a diario un ejército de miñones mediáticos. Vamos a decir que sí.

Aun si fuera así, este ejecutivo sería moralmente del todo ilegítimo. Porque prácticamente todo lo que ha hecho es milimétricamente lo opuesto a lo que anunció en campaña que haría.

Para que una elección sea libre no basta con que se tome sin una pistola apuntando a la sien. Es condición absolutamente necesaria saber qué se elige. Cuando uno opta por A y le dan B, eso se considera universalmente una estafa.

Decía Alfredo Pérez Rubalcaba que España no se merece un gobierno que le mienta. Por mi parte, no tengo la menor idea de lo que pueda merecer España. Pero un gobierno que miente en un momento dado, sobre algo nuevo, es radicalmente distinto a un partido que pide ser elegido para hacer una serie de cosas y evitar otra serie de cosas y hace exactamente lo contrario. Eso vacía de sentido el propio sistema democrático, que se basa en una elección libre y, por tanto, informada.

Naturalmente, todo este argumento es ocioso, porque en nuestro tiempo hemos experimentado un regreso a lo tribal que convierte la democracia y el adjetivo democrático en un flatus vocis hueco, una palabra que basta invocar para sentirse superior al rival.