Libertad

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Cada día estoy más convencido de que el mejor régimen político es aquel en el que la gente pueda permitirse no pensar en la política, donde la política sea un poco como la biogenética o la oceanografía, una especialidad.

Son los pueblos mal gobernados los que desayunan, almuerzan y cenan política. La obsesión política es una enfermedad de los pueblos decadentes, que han encontrado en ella un pobre sustituto de Dios. Pero la política no salva, y no conviene esperar de ella otra cosa que moleste poco y dé estabilidad a la vida social.

Pero cuando la locura política se ha posesionado del cuerpo social, cuando se espera de ella una salvación que no puede dar, entonces lo sensato es ocuparse de ella, vigilarla como se vigila a una fiera hambrienta. Porque ella siempre se va a ocupar de ti.

Libertad’ fue el lema de campaña de Ayuso; ‘libertad’, la palabra que repitió en el balcón de Génova en la noche del triunfo, junto a Casado, como un ensalmo, y había algo de ironía sangrante en conjugar tanta invocación a la libertad con esa fila de rostros embozados, esos tapabocas infames de los que no somos libres de prescindir bajo el sol y al aire libre.

Ayer mismo, el jefe de Ayuso, el hombre que se ha apropiado de la victoria, el líder de ese partido cómplice de nuestras cadenas, pedía en el Congreso una ley para limitar derechos fundamentales.