Libertad y tecnología

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El globalismo significa que no hay lugar a donde escapar, y la tecnología, que no hay forma de hacerlo. La democracia -en su aspecto, al menos, más icónico, el voto- pone la guinda inquietante de saber que tus compatriotas, en una proporción aterradora, aman al Gran Hermano.

Por la democracia sabemos, paradójicamente, que la gente en general accede pronta a que se hable en su nombre sin su permiso si las consignas siguen en pie y las etiquetas no varían. Así, leo hoy a Ursula von der Layen, la presidente de la Comisión Europea, un órgano que tiene un enorme poder sobre nuestras vidas y que ningún pueblo ha votado, en Twitter: “Los europeos han tomado una decisión: hacer la UE climáticamente neutral para 2050”.

¿Usted recuerda haber tomado esa decisión? ¿Haberla expresado en las urnas? No, naturalmente. Aunque, para ser justos, tampoco ellos. Nadie sabe a ciencia cierta qué significa “climáticamente neutral”; ningún ser humano puede decretar que no cambie el clima del planeta, que lleva variando desde que existe.

Nuestra policía muestra orgullosa en redes un vídeo en el que muestra cómo usa drones para espiar a los ciudadanos, y no nos estremecemos entendiendo las consecuencias. La primera, que los medios técnicos que hubieran fácilmente impedido la invasión de Ceuta prefieren usarlos para detectar botellones.

El grito hoy en Cuba es “libertad”, aunque visto lo visto uno sospecha que es sinécdoque de “tres comidas al día”, y si el levantamiento tiene alguna posibilidad de triunfo es porque Cuba es pobre y su gobierno no puede materialmente controlar a todos los cubanos todo el tiempo. China sí puede. Nuestras sociedades, también.