No son fascistas, por Carlos Esteban

EFE.
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No, no son ‘fascistas’. Claro que no son fascistas. Porque nadie es hoy fascista, ni siquiera esos cuatro niñatos con ganas de gresca que se llaman a sí mismos ‘fascistas’ o ‘neonazis’ para escandalizar a sus mayores. No hay fascistas como no hay gibelinos o agramonteses, porque el fascismo, una confusa y breve anomalía hija de las circunstancias del periodo de entreguerras fue definitivamente aplastado bajo una montaña de cadáveres en 1945.

Pero, míralos, mira cómo atacan al disidente, cómo manipulan con una propaganda incesante, cómo recurren a la violencia callejera: ¿no te recuerdan a los escuadristas del Fascio italiano o a los camisas pardas del NSDAP? Sin duda, como cientos de miles de movimientos, facciones, partidos y bandas de la porra desde que el mundo es mundo.

Pero, ¿no tiene más sentido llamarles lo que son? Quiero decir, esa ideología que estaba ya cuando llegó el fascismo y que continuó hasta hoy, que durante décadas se impuso en un tercio del planeta, que provocó unos cien millones de muertos, miseria, represión brutal y un océano de mentiras. Vamos, que se les puede y debe llamar ‘comunistas’.

Cada vez que se les llama “fascistas”, sonríen. Cada vez que se les llama “fascistas” saben que han triunfado, porque nadie escoge lo menor si tiene acceso a lo mayor. Cada vez que se les llama “fascistas” se está diciendo implícitamente que el comunismo no es tan malo, se está admitiendo tácitamente su discurso como válido.

Reconozcamos a Isabel Ayuso el mérito de haberlo entendido -y haber entendido que seguir con la broma es resignarse a perder siempre- cuando dijo sonriente que si le llamaban fascista, algo bueno estaría haciendo. El escándalo que provocó esa respuesta es el de Tartufo, y reflejo de la rabia de comprobar que el conjuro está dejando de funcionar.

No, esos ladrillos volando en Vallecas son comunismo puro, pata negra. Es la izquierda de siempre, es la izquierda de las checas y los paseos, es la izquierda que en nuestro país ha matado a más presidentes del gobierno que ninguna otra ideología, que más golpes de Estado ha dado que ninguna otra ideología. Dejemos de esperar de ella otra cosa que lo que lleva en su ADN desde el origen. Y llamémosla de una vez por su nombre.