Por arriba o por abajo

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¿Se acuerdan de la multitudinaria manifestación en Barcelona convocada por Societat Catalana contra el ‘process’? Durante unos minutos pareció algo. Y entonces se levantó Borrell en la tribuna de oradores y habló de fundirnos en Europa, y allí, por lo que a mí respecta, acabó todo.

España es eso que está en medio y que solo parece interesar realmente a los españoles, a eso que Iglesias quería monopolizar con el nombre de ‘la gente’, porque el nombre propio es tabú, da vergüenza pronunciarlo, como algo escatológico o impúdico. Hay algo de victorianismo negrolegendario en ese manifiesto ridículo de que un partido local que se llama Más Madrid, cuando pasa a la esfera nacional se convierte en Más País, cualquier país, El País, la Leyenda del País sin Nombre.

Así que para ponerse estupendos sin ser muy facha hay que estar en uno de los extremos, en el terruño del que se quiere hacer una pintoresca Sildavia o en una Europa que diluya nuestro pecado original de ser nosotros.

Ahora, no hay nada que entienda mejor que a estos que, para emocionarse, tienen que ondear la bandera de alguna patria que aún no es, más grande o más pequeña, huyendo de lo aborrecible por demasiado real.

La República Catalana, como la República Europea, tienen la enorme ventaja de no existir, lo que permite a sus patriotas pintarlas con los colores de la perfección, una mágica Narnia donde siempre habrá helado de postre. Imagina lo que puede ser Cataluña. Imagina lo que puede ser Europa. Mira, ay, lo que es España.

En otra época más amante de lo real, este no existir sería una desventaja, pero ya son siglos lo que llevamos diciendo que es más hermoso el viaje que el destino, y decretando que todo lo que deseamos debe tener sanción oficial, como si nos gobernara el fantasma de Walt Disney.