Algo se ha roto

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No desprecio en absoluto a los teóricos de la conspiración, en abstracto. Nunca he entendido por qué se considera locura y disparate que dos o más personas poderosas con un interés común puedan coordinarse en secreto, o que las cosas no sean siempre lo que parece, cuando es experiencia común que a menudo no lo son. Donde me pierden estos teóricos es en su suposición de infalibilidad, de que todo salga siempre según el plan.

No, al contrario, aquí voy con Murphy y con la ley de las consecuencias no deseadas.

Un ejemplo: viendo su trayectoria en los últimos pocos años, no me creo que nada de esto haya sorprendido a Sánchez (o Iván Redondo, tanto me da). En realidad, no ha sorprendido absolutamente a nadie salvo, quizá, en la intensidad. Y estoy convencido de que espera dar un golpe de efecto que anule y dé la vuelta por completo a su preocupante descenso en la intención de voto, aportando la solución a una España cansada.

Solo que muy bien podría no salir. Uno no puede controlarlo todo, mucho menos un incendio. La gente es crédula, pero menos, y ya nos hemos reído de esos periodistas que, con el casco bien calado, habla de ‘manifestaciones pacíficas’, o de un presidente del Gobierno que va a Barcelona como si fuera -con disimulo- a una zona de guerra, con un tipo con un subfusil en el coche.

Algo se ha roto. Algo que será difícil, costoso y largo de recomponer. Y no veo en el panorama político español mucho político dispuesto a vender lo costoso, lo difícil, lo que se hará esperar.