YA NO CUELA

Anarcotiranía

|

El régimen que se perfila detrás de todo esto, de todo lo que se ha intensificado en esta crisis semiforzada pero que ya veíamos crecer mucho tiempo antes, es desconcertantemente distinto a la división clásica del espectro. No es, desde luego, derecha, pero tampoco es la izquierda clásica, la de toda la vida.

Tiene ya un nombre nuevo, aunque el concepto es viejo: anarcotiranía. La anarcotiranía no es, en puridad, un sistema que defienda nadie, no es una ideología, sino un resultado que se da cuando las leyes imponen un control cada vez más exhaustivo y caprichoso sobre el común, mientras la clase dirigente se exime informalmente de cumplirlas y de hacerlas cumplir a una serie de grupos protegidos.

La anarcotiranía es el paraíso del leguleyo, del experto en retorcer las palabras de la ley, del explorador que se orienta con soltura por los vericuetos y lagunas del sistema.

La anarcotiranía no se proclama, se aplica disimuladamente, con un gran arsenal de retórica, con ocultación mediática, con premios y castigos y, muy especialmente, con una intensa propaganda que rodea a los grupos privilegiados de un halo de rectitud, de santidad laica, que los convierte en impecables. Es el calvinismo aplicado a la política.

La anarcotiranía no solo no ve necesidad alguna de desmantelar instituciones ni declaraciones de derechos y libertades, al contrario: ve muy ventajoso mantener todo el tinglado. Porque todas esas cosas tranquilizan al pueblo, que tiene con ellas la impresión de que nada ha cambiado, mientras el poder ha subvertido algo que las hace inanes: el significado de las palabras, el lenguaje.

Marlaska, con una amplia experiencia en la judicatura, es una pieza clave en todo esto.