YA NO CUELA

Ayuso en Washington

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La idea de la democracia en su aspecto meramente electoral consiste en que cada partido se esfuerza por vencer a los demás en las urnas. Pero la izquierda no quiere vencer, sino aniquilar, borrar del mapa.

Esta es una de las muchas lecciones interesantes que se pueden extraer del histérico acoso a Madrid, sobre el que el gobierno ha concentrado un impresionante e incansable fuego de artillería mediática.

La lección es que tratar de combatir con las reglas del Marqués de Queensbury cuando el rival va a por todas es asegurarse la derrota. La derechita concibe cada cesión como un modo de aplacar la fiera y ganar tiempo, incluso de inspirar en su enemigo cierta condescendencia. Pero es al revés: cada rendición, cada disculpa, es sangrar en una piscina de tiburones, no hace más que excitarles, enseñarles que eres débil y animarles a un ataque aún más brutal.

Mutatis mutandis, el caso Ayuso es lo que explica la aparición y la victoria de Donald Trump. Durante su campaña, los medios se complacían en anunciar que el magnate había echando por tierra toda posibilidad de vencer con cada balandronada o exabrupto, cada vez que violaba alguna de las reglas que la izquierda pretendía universales para ganar las elecciones.

Hasta entonces, todos los candidatos de la derechita habían pasado obedientemente por el aro. Existía y existe la premisa implícita de que, en unas elecciones, el candidato del partido menos a la izquierda debe empezar compensando ese pecado original imborrable, ser de derechas.

Eso que suele llamarse ‘la conquista del centro’ no ha significado en realidad otra cosa que acercarse todo lo posible a la izquierda. Pero el mensaje evidente que transmite esa actitud es que la izquierda son los buenos, así que, ¿por qué no votar el producto original en vez de la pálida copia?

Por eso la actitud de Trump sorprendió a sus enemigos con el pie cambiado: cada vez que la prensa le advertía que eso que había dicho no se podía decir o hacer, que era una pifia imperdonable, el candidato republicano doblaba la apuesta. Una de las pretendidas leyes de hierro, por ejemplo, es que no importaba lo brutal que fueran los medios con el candidato, este siempre debía mostrar un servilismo evidente hacia la prensa. Trump rompió esa baraja.

El electorado, como los perros, huelen el miedo, y no les gusta. La cesión no es atractiva y la cobardía es repulsiva. Ceder es como pagar un chantaje: una vez que lo haces, prepárate para seguir haciéndolo toda la vida.