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Azaña y la derechita pánfila

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Afortunadamente el ascenso de VOX parece que está poniendo fin a los largos años de silencios cobardes de una derecha española volcada en no llevar demasiado la contraria a la izquierda, no fuese que les llamasen fachas. Vistos los discursos de Santi Abascal o las intervenciones públicas de Iván Espinosa de los Monteros y Javier Ortega Smith, parece que eso de comulgar con las ruedas de molino de la propaganda izquierdista se ha acabado. Cuando vemos a los de VOX cantarles las 40 a políticos separatistas de una manera que, hasta ahora, dentro del régimen, nadie se había atrevido a hacer, algunos no podemos esconder la sonrisa de satisfacción. 

El grado de estulticia ideológica de la derecha apelotonada en torno al PP llegó a reivindicar la figura de Azaña. Para quienes no lo recuerden, Aznar proclamó que tenía «una profunda vocación azañista», declaraciones hechas en abril de 1993, en las que además reiteró su política de «mano tendida» respecto a los nacionalistas, tanto los vascos del PNV como los catalanes de Convergencia i Unió (CiU). De aquellos polvos estos lodos. 

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En 1994, el “adorado” presidente del PP seguía aquejado del fervor azañista, y con motivo de la presentación de un libro de Federico Jiménez Losantos (La última salida de Manuel Azaña) alababa al político republicano: “Azaña español que siente la España plural e integradora». No sabemos si era la misma España plurinacional a la que se refiere hoy Pedro Sánchez o la España del consenso socialdemócrata-capitalista por la que tanto ha trabajado el PP. 

Cuando se repasan las declaraciones sobre Azaña de Aznar, a uno le da la risa floja. Calificarlo de plural e integrador, cuando siempre se guió por el sectarismo más excluyente, sólo puede deberse a la ignorancia más supina o a la repugnante intención de agradar al personal progre. 

El partido de Manuel Azaña publicó el 5 de octubre de 1934, con ocasión de la entrada de la CEDA en el gobierno, la siguiente nota de prensa: “Izquierda Republicana declara que el hecho monstruoso de entregar el Gobierno de la República a sus enemigos es una traición; rompe toda solidaridad con las actuales instituciones del régimen y afirma su depara ocupar el poder cisión de acudir a todos los medios en defensa de la República”. Días después estalló la revolución de octubre.  El mismo Azaña, el 11 de febrero de 1934, había proclamado, “los elementos de la CEDA y los agrarios no tienen títulos políticos para ocupar el poder, aunque tengan número en el Parlamento para sostenerse”. Muy integradora y plural no parece que fuese la postura de Azaña ante el triunfo electoral de la derecha. Más bien fue pieza clave en el fracaso de la II República. Un personaje que lejos de moderar las pasiones que se desataron, nunca llegó a alcanzar la categoría de hombre de Estado, porque nunca supo, ni quiso, oponerse a la deriva revolucionaria que el PSOE imprimió al Frente Popular. Si tras las elecciones de febrero de 1939, Azaña invoca la defensa de la República bajo el lema “unámonos todos bajo esa bandera en la que caben los republicanos y no republicanos, y todo el que sienta el amor a la patria, la disciplina y el respeto a la autoridad constituida”, ante los continuos desórdenes públicos y clima de violencia subsiguientes, en abril de 1939 no tiene otra cosa que decir: “No queríais violencia? ¿No os molestaban las instituciones sociales de la República? Pues tomad violencia. Ateneos a las consecuencias”. 

Si la derecha en España quiere recuperar su espacio y su rumbo, bien haría su base social en pensar con algo más que el bolsillo y hacer cualquier cosa menos seguir votando a esa derechita que alaba a Azaña y se esconde cuando profanan la tumba de Franco. 

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