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El becerro de oro

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En el mundo de la izquierda progresista todo va de ídolos. La mística del progre es mundana tendente a la utopía terrenal. A pesar del intento moderador de la socialdemocracia, la cabra siempre tira al monte y es que el marxismo cultural vacía de contenido metafísico, que no religioso, el mensaje progresista. Su religión es una nebulosa violenta con base en un pueblo llano intrínsecamente bondadoso y estúpido dirigido por una banda de ínclitos sátrapas. Nebulosa y batiburrillo de todo tipo de ocurrencias y acciones que impliquen erosionar o debilitar lo que ellos llaman “el gran capital”, representado por una gran red de poder abstracto e invisible. Ahora bien, debo decir que la razón inevitablemente se impone a los deseos y apetitos. La razón, origen metafísico del hombre, nos dice que adorar lo mundano nos convierte en seres confundidos y superficiales. 

La última de esta caterva de idólatras ha sido el ecologismo a cuenta de una pobre niña autista a la que han ascendido al panteón de los falsos dioses, otro becerro o becerrillo de oro. La nueva deidad está en estos momentos cruzando el Atlántico en una epopeya digna de los tiempos de Homero, la mismísima Gea navegando hacia escarpados acantilados. Cuando aviste las costas de Portugal se regocijará con los canticos de sus fieles venerándola y celebrando su regreso con trances y éxtasis. 

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Todos ellos irán después a comprar como hordas furiosas una infinidad de regalos de Navidad (¿Qué es eso?) en sus ecologistas coches de gasolina o diesel y colapsarán todas las estaciones habidas y por haber para visitar a sus familiares. Sin mencionar a los sátrapas que gobiernan esta muchedumbre enloquecida, que irán a ver a sus respectivas en sus respectivos aviones privados. Eso sí, que la fiesta del becerro no pare, que la niña vaya luego a Siberia en burro a reclamar los derechos del roedor ártico mientras siguen matando negros (¡racista!, ¡se dice personas de color!) en minas de coltán para que la muchedumbre progre-ecolojeta tenga su último IPhone con el que twittear al dichoso roedor estirando la pata o ya de paso al negro (¡racista!) sacando el coltán de tu móvil al pie del hashtag #salvemoselmundo. Que luego manden a la niña a la china oriental si hace falta y que tengan de un lado al otro a la criatura mientras la muchedumbre sigue consumiendo con fruición todo lo que le pique el deseo y la satrapía se siga enriqueciendo con tanta idolatría. Feliz fiesta del becerro.