YA NO CUELA

Brexit Johnson

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Vaya.

Vaya, vaya.

Vaya, vaya, vaya.

De las últimas cosas que puede hacer un periodista serio que quiera retener cierto prestigio es caer en algo tan infantil como el regodeo, solazarse en el vil placer del “¡te lo dije!”. Quiero, pues, aprovechar una de las escasas ventajas de no ser un periodista serio ni tener prestigio alguno que perder para regodearme a lo grande en el enésimo ridículo de mis amados colegas, los profesionales de los grandes medios.

No dan una. Me formé en la teoría del mercado, según la cual y sin que ningún agente individual tenga que repartir premios y castigos, los malos fracasan y los buenos triunfan. Pero los caminos del mercado de la información son misteriosos, y en él vemos cómo se puede ser un analista de éxito, honrado, premiado y bien pagado, sin acertar jamás.

¿Cuánto tiempo llevan oyendo que el referéndum del Brexit “no valía” y había que repetirlo porque los británicos habían sido engañados por los pérfidos ‘leavers’ y ya se habían arrepentido en masa? Exactamente, desde el día después de la consulta. Es el modo en que el progresismo ilustrado entiende la democracia: los votos siempre hay que repetirlos hasta que el pueblo ignorante dé la respuesta acertada. Como diría El País, votáis mal, casi siempre.

¿Había mentido la campaña del no? ¡Naturalmente! Y la del sí. En eso consisten las campañas, para qué engañarnos. Cada bando trata desesperadamente de arrimar el ascua a la sardina, estirando los límites de la verdad hasta el paroxismo. Pero en un lado estaba un gobierno con sus instituciones y clientelas, los principales medios nacionales e internacionales, las grandes finanzas, las principales multinacionales, el mundo de la cultura y la academia. Y, en el otro… Bueno, lo que queda, esa gente que no hace caso de lo que dice El País (en su caso, The Guardian) y va a ver la última de Clint Eastwood.

Pero, vaya, al fin sí hubo segundo referéndum, en forma de elecciones generales. Todos los analistas coinciden en que el Brexit era el tema central de la campaña de todos los partidos, y el conservador Boris Johnson -ese personaje ridículo, tremendamente impopular, que no hace más que meter la pata, según la prensa de devoción-, el hombre cuya promesa principal era llevar a cabo la desconexión, ha arrasado. No se veía una victoria así desde la de Thatcher, 364 escaños frente a 203 del Partido Laborista.

Hay quien alega que no, que para nada, que la culpa la tiene un laborismo que con Jeremy Corbyn se ha tirado al monte del socialismo más atrabiliario y viejuno. Pero ahí estaban los Demócratas Liberales, el único gran partido sólidamente antiBrexit, que se ha quedado como estaba, o sea, mal.

La gran historia política de nuestro tiempo, que nadie acaba de contar con todas las letras y por extenso, es la huelga del pueblo, de la gente, definida por oposición: aquellos cuya opinión no tiene altavoz, solo el bendito alivio de las redes sociales. La izquierda ha perdido no ya al pueblo, sino a la mismísima clase obrera, por aquello de que apoya con especial entusiasmo todo lo que esta detesta, le perjudica o le trae al pairo.

Pero no me hagan caso: han sido los rusos. Lean El País y obedezcan.

Mientras, por mi parte, solo tengo esto que añadir: Vaya, vaya, vaya…