Cataluña

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Me llama la mayor de mis hijas para preguntarme qué va a pasar con Cataluña. Me temo que he sido un mal padre, al menos a la hora de explicar a mis hijos en qué consiste mi trabajo, que no es exactamente el de un profeta o un futurólogo, pero algo tengo que decirle.

Así que le digo: nada, no va a pasar nada. Y le aclaro:

Por supuesto, van a pasar un montón de cosas, todo el rato están pasando cosas. Pero en su pregunta adivino lo que en muchas otras expresadas con igual simplicidad y vehemencia, a saber: cómo se va a solucionar lo de Cataluña. Y a eso respondo diciendo que no creo que haya solución.

Es decir, nadie le va a dar una solución, porque la solución de un problema que se ha dejado llegar tan lejos tendría que ser necesariamente tajante y arriesgada y exigiría paciencia y sacrificios. Y ningún político en democracia va a llegar al poder prometiendo sangre, sudor y lágrimas; eso le salió bien a Churchill porque ya estaban en guerra y porque la gente en Occidente era todavía de otra pasta.

No hay ni va a haber un gobierno en Madrid que se atreva a llevar a cabo la empresa necesaria para parar el secesionismo. Pero, por otra parte, tampoco va a haber un gobierno que pacte con la Generalidad un referéndum de independencia, que se atreva, siquiera, a pronunciar la palabra ‘independencia’. Se habla y se seguirá hablando de “encaje”, de “nuevas fórmulas”.

Así que, en una disyuntiva clara -dentro o fuera-, no se elegirá ninguna de las dos, y el asunto se seguirá pudriendo mientras los políticos seguirán poniendo parches de retórica hueca.

No es este asunto, como suele decirse, una patata caliente que se pase un gobierno de Madrid al siguiente; es una patata dejada al sol, ya cubierta de gusanos.