Consensos

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Apenas hay en nuestros días de revolución semántica palabra más insidiosa que ‘consenso’. Significa que una serie de personas se ha puesto de acuerdo en algo, pero en boca de nuestros amos supone una tregua en las luchas de poder de las ‘famiglias’ de la élite para no dejar nunca de mandarnos.

El consenso abarca todo lo que cuenta, todo lo que puede mantenerles en el poder, todo lo que supone una revolución social frente a la que todas las anteriores, francesa o rusa, parecen picnics inocentes. Y lo que queda fuera son migajas, cuestiones de detalle, sobre las que pueden debatir y usar como arma electoral los que aspiran a gobernar.

Dice en la primera de El País Pilar Llop, presidente del Senado, que “no permitiremos que se rompa el consenso sobre la violencia de género”, poniendo el dedo en la llaga de uno de esos ‘consensos’ blindados por nuestros mandarines, y la primera pregunta que se nos ocurre es quiénes son ese misterioso “nosotros” de la frase. La segunda, qué estarán dispuestos a hacer para impedirlo.

A lo primero ya respondo con una obviedad: ese “nosotros” no somos, como en la primera frase de la Constitución americana, “el pueblo”. La gente común alcanza, naturalmente, sus consensos tácitos, pero pueden jurar que ese no es uno de ellos. Llop ha dicho también que España no es una democracia, porque no puede haber democracia en una sociedad en la que la mitad -los hombres- ejerce violencia sobre la otra mitad, lo que además de calumnioso, indignante y falso supone que no hay ni ha habido jamás democracia sobre la Tierra y que la propia Llop ha sido, por tanto, elegida ilícitamente. Pero eso no lo cree nadie; apostaría que ni ella misma.

Y esa es otra curiosidad de los nuevos consensos: no hace falta que nadie crea en ellos. Incluso es mejor si nadie cree realmente en ellos, porque obligar a la gente a confesar y defender aquello en lo que no creen es degradante, y degradar a un pueblo es la mejor forma para pastorearlos.

Y eso nos lleva al carísimo carnaval que se celebra estos días en Madrid. Muchos dicen que estas costosas cumbres no sirven para nada en la lucha contra el Cambio Climático (marca registrada), y que de hecho han aumentado las emisiones contaminantes desde la última cumbre. Quienes así hablan son almas cándidas: todo este montaje no está para eso; son meras transferencias de dinero, munmentales, una especie de impuesto revolucionario a nivel planetario, además de conferir credibilidad a todas las caprichosas prohibiciones y obligaciones que nuestros ‘mayores’ quieran imponernos con un pretexto que nadie se atreverá a discutir.

Es otro consenso, y Greta es su profetisa y, al mismo tiempo, la prueba evidente de que es un gigantesco fraude.