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YA NO CUELA

Constitución

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En toda Constitución hay desafío y oscura nostalgia del Decálogo, la fe ilusa de un pueblo en conocer su futuro y fijarlo para siempre. Cada constitución, como cada romance adolescente, es para siempre, hasta la que no llega al año.

Hay una superstición de lo que se fija en el papel y por lo que se jura y se proclama con las debidas solemnidades y se invoca con la necesaria reverencia, como si pudiera represarse con un muro de palabras selladas la corriente tumultuosa de la historia, de las ambiciones políticas, de la sagacidad de los tiranos vocacionales, de los caprichos de la opinión y la propaganda.

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Hoy vemos qué fácil era orillarla, cómo no es necesario cambiar una yod del texto para arramplar con todas las libertades que pretendía proteger.

No es una crítica; es bueno, es necesario fijar en papel el manual de instrucciones de nuestra convivencia. Pero con la modestia de quien entiende que, al final, ningún papel ha protegido nunca de la cobardía y la pereza.