YA NO CUELA

Cum laude

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Si hay algo que a nuestra especie se le dé rematadamente mal es la humildad. No es que intentarlo sea un ejercicio muy de moda en nuestros días, pero incluso cuando lo emprendemos nos hacemos trampas, mostramos una súbita y tierna indulgencia al examinarnos. Puestos a ello, es más fácil caer en la grandilocuencia del “¡soy lo peor!” antes que en el frío análisis de mezquindades, y preferimos cargar con los pecados atroces pero grandiosos de Genghis Khan que con las faltas ridículas de nuestra mediocridad.

Antes soportamos, en fin, la indignación pública que la carcajada, y esa es una de las causas por las que se denuncian tan pocos timos y antes optamos por mantenernos en el engaño que por confesarnos engañados.

Los políticos, que lo saben, prefieren así rodearse de cómplices que de partidarios, y empujan a los suyos a defender sus desmanes una vez porque esto les forzará a hacerlo siempre. Si ayer ridiculizamos sin piedad a los supuestos alarmistas ante lo que era solo una gripe menor, porque así lo decía un gobierno de los nuestros, hoy tenemos que redoblar el furor contra quienes quieren acabar con el confinamiento perpetuo o se muestran escépticos sobre la obligatoriedad en todo momento de las mascarillas por la misma razón. Sostenella y no enmendalla.

Sánchez se ha puesto la enésima medalla, que lleva ya metafóricamente la pechera como la de un general norcoreano, y ha calificado su desastrosa gestión con un notable. Estamos seguros, conociendo al personaje, que ha sido el momento más humilde de su vida reciente, con eso de no atribuirse un sobresaliente cum laude.

Lo peor de la democracia real, la que existe, es que el candidato se postula a sí mismo, y lo hace tras superar un ‘curso de deshonras’ para subir dentro del partido, lo que no selecciona exactamente a los más humildes. Y quizá sea ese el drama insoluble del panorama político, que quien mejor podría gobernarnos no siente la menor inclinación por hacerlo.