PUBLICIDAD

El debate

|

Me conmueven de un modo algo especial los dramas íntimos, pequeños, ridículos, no porque les conceda una importancia que no tienen, sino porque el protagonista los sufre sumando a su angustia el convencimiento de que no tendrá la solidaridad de nadie. Nadie asiste indiferente al espectáculo de un amante engañado, de un huérfano repentino, de una viuda desolada, de un héroe sometido a la tortura. Pero no hay lágrimas para el joven que ve arruinada una cita crucial por una inoportuna mancha de ketchup en la impecable camisa. En su dolor, ni siquiera puede esperar el homenaje que sus pares otorgarían a una desgracia más vistosa.

Por ejemplo, todavía siento sudores fríos cuando me viene a la memoria una función infantil en la que hacía de comparsa, como de costumbre, pero no de roca o árbol de Belén, sino de oficinista. Tenía que permanecer toda la escena haciendo que trabajaba, presa del terror escénico y sin otra cosa que hacer. Me habían dejado un bolígrafo y unos folios, y yo escribía súplicas aterradas para que pasara pronto todo aquello.

PUBLICIDAD

Sánchez me hizo revivir la escena anoche. Se pasó el debate con la cabeza gacha, haciendo que apuntaba cosas que no debían de ser muy allá, porque no compartió ninguna con los contertulios y espectadores. No respondió a nada, no hizo el menor comentario interesante, no pronunció frase alguna memorable. Pero anotaba sin cesar, con la cabeza gacha, negando a todos la mirada, como presa de una súbita y taciturna inspiración. Apuesto doble contra sencillo que esos folios acabarían llenos de frases pergeñadas en una caligrafía temblorosa de este tenor: “¡Por Dios, que acabe esto ya!”; “¡Que no me hagan más preguntas!”.

A Sánchez le disgusta intensamente el enfrentamiento, como a toda alma delicada; él está más a gusto cuando no le contradice nadie y puede hablar libremente sin aguafiestas que le vengan con datos y le exijan coherencia y soluciones. Él solo quiere mandar y lucirse en solitario en poses kennedyanas en el Falcon y rodeado de gente muy importante. Él quiere ser admirado, no desafiado, y eso exige soledad. Él quiere ocupar el escenario, llenarlo por completo, no compartirlo.

Anoche estuvo a dejarlo pasar, a ignorar con impaciencia las preguntas y contradicciones. Sabía que tenía que estar ahí, como uno sabe que tiene que ir al dentista y solo espera que pase deprisa y no sea demasiado doloroso.

En el otro extremo (si me disculpan el juego de palabras), Abascal. Ha sido el ganador del debate porque es el que menos tiene que perder. Viene ya juzgado y condenado. Es el paria, es el centro de la madre de los cordones sanitarios; todos los que tiene delante coinciden en eso, en que él es un peligro para la democracia y una amenaza para ese consenso con que el espectro ha venido hurtando a los españoles los verdaderos debates.

Abascal trae mucho de la calle al Parlamento y, por extensión, al debate de anoche, esa calle que reivindica Iglesias para luego repetir los cuatro mantras progresistas que nadie oye en los bares. Iglesias aspira a pastorear a la gente; Abascal le da un altavoz, la cuela en la palestra. Puede estar sereno y contundente, porque no va a hacer aparecer un conejo de la chistera, porque sabe que todas esas palabras tapabocas del discurso oficial ya suenan ajadas y cansinas y han dejado de funcionar.

PUBLICIDAD

Abascal viene a echar abajo ese muro de silencio, y lo hace con la convicción de un profesional contratado precisamente para eso, con una magnífica indiferencia ante los aullidos fingidos.

Uno puede juzgarle equivocado, faltaría más; puede pensar de él cualquier cosa terrible. Pero nadie puede creer de verdad que no cree en lo que dice, y eso es lo que transmitió anoche. Pronunció lo prohibido, y en lugar de desplomarse los cielos ante sus blasfemias políticas, todos se dieron cuenta, incómodos, de que allí había entrado el sentido común y que la charada había terminado.