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Deconstrucción de la democracia española

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El ser humano odia la impermanencia de todas sus obras, que le recuerdan lo efímero de su propio paso por la tierra. Toda la alabanza al ‘cambio’ que se oye desde todos los lados es solo una apelación para ir más deprisa en la línea marcada por el poderoso, y esta se juzga y se quiere inmutable. El cambio se vuelve aquello que permanece permanente en medio de los cambios.

Por eso hace solemnes ceremonias y redacta constituciones y crea instituciones que garanticen la marcha y eviten los abusos. Pero es esfuerzo baldío, porque el poder acaba haciendo siempre mangas y capirotes con todo lo que le frena.

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A Pedro Sánchez no le ha detenido la decencia política más elemental, el sonrojo de la mentira al peso, continua, disparada como desde una ametralladora; no le ha detenido la independencia del poder judicial, que se pliega, ni la Corona, ni la Constitución, que interpretará como le plazca.

Habla Pedro de “diálogo social y territorial”. Diálogo, otra palabra que ha quedado maldita, que usan hasta el hartazgo sobre todo los que solo van a dialogar con los aliados, los que van a parapetarse tras ella para hacer de su capa un sayo.

Creo que fue Jefferson quien dijo que el precio de la libertad es la eterna vigilancia. Pero vigilar siempre es muy cansado, y el pueblo español hace tiempo que se quedó dormido en la garita.

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