YA NO CUELA

Despertares

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Mascarillas, máscaras, caretas: la marca indisputable de nuestros días. No diré “la metáfora”, porque no hay nada de metafórico en las que se nos ha impuesto a la chusma, por decreto y por el miedo, esas que nos han robado el rostro y que han convertido nuestras calles en desfiles anónimos y asustados, como si nuestros compatriotas estuvieran todos a punto de entrar en un quirófano o de atracar un banco.

Más simbólica, en cambio, es la máscara que vemos desprenderse del rostro de nuestros líderes, entre el error y la indiferencia, mostrando la realidad de una irrefrenable ambición totalitaria de control. Han sido solo unas pocas semanas, y nuestras libertades, nuestra prosperidad, parecen un sueño en ese efímero momento de la mañana en el que ha sonado el despertador pero nuestra mente aún se aferra a los jirones de las últimas imágenes de la noche.

Y hoy amanecen enmascarados todos los diarios con un soviético #Salimos más fuertes, una consigna tan demencialmente estúpida en su falsedad que no nos parece muy distinta a llamar al centro de represión Ministerio del Amor.

Es esta última una máscara que, en lugar de ocultar, revela. Equivale a ese momento final de la obra de teatro en que el elenco sale a saludar, y vemos juntos, cogidos de la mano en alegre compaña, al traidor y al héroe.

El lector podía antaño acercarse al quiosco con la tranquilizadora ilusión de que su periódico era distinto de los otros, que defendía otras cosas, que representaba otras ideas, pero hoy han salido del armario y los vemos como los vimos en Cataluña con aquel célebre editorial único común.

Hemos despertado en un remedo sonriente de Corea del Norte y, como el protagonista de El Hombre Que Fue Jueves, descubrimos de golpe que todos los anarquistas eran, en realidad, policías.