YA NO CUELA

El campo

|

La revuelta de los campesinos ha sido un clásico durante toda la historia, y la izquierda, esa cosa tan urbana, trató inicialmente de secuestrar el campo para su causa. No pusieron por casualidad una hoz los comunistas en su emblema, aunque dudo que haya muchos que sepan usarla sin hacerse daño.

Pero el campo real siempre ha aburrido, exasperado y asustado un tanto a la izquierda, que desde hace décadas lo ignora, si acaso recurriendo a polvorientas retóricas cuando hace bonito sobre la ‘España vaciada’. Les aburre porque son de ciudad hasta la médula y hay sitios por ahí sin wifi; les exaspera porque sueñan con una naturaleza a lo Greta, intacta, y el campesino existe para transformarla; y les asusta porque el campesino es aún más consciente de la importancia de la propiedad que el burgués de la ciudad.

Sobre todo, les aterra porque está en íntimo contacto con realidades que son fáciles de olvidar desde un despacho. De dónde vienen las cosas esenciales y cómo se producen, sobre todo, lo que les hace más resistentes a la manipulación verbal que el chico de barrio que cree que la leche viene del tetrabrick.