TRIBUNA

El Covid-19 y el Ejército del Aire

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En toda organización el paso del tiempo tiene consecuencias: impulsa ajustes, reorganizaciones y nuevas estrategias. De hecho, podemos recordar aquí la famosa frase de que «lo único que es permanente en la vida es el cambio». Si además del discurrir del tiempo se producen crisis que afectan profundamente a la sociedad, el análisis de las adaptaciones necesarias es una necesidad incontestable y urgente. Estas circunstancias influyen también en las organizaciones militares y, en este caso el detonador habría sido la pandemia ocasionada por el virus Covid-19.

Por otro lado, a veces los cambios no han de ser necesariamente radicales. En el Ejército del Aire, la más joven institución de nuestras Fuerzas Armadas pero ya con la experiencia de un siglo a sus espaldas, sus funciones se han ido cumpliendo empleando de la mejor manera posible los medios económicos que los Gobiernos han puesto a su disposición, y siguiendo las directrices que le han sido asignadas por los mismos. Con el tiempo, a sus funciones militares se le han ido incorporando progresivamente otras directamente enfocadas al servicio de la sociedad en tiempo de paz.

Para nuestro Ejército del Aire la cooperación con todos los estamentos civiles y estatales en caso de catástrofes a nivel nacional e internacional no es algo nuevo. A sus misiones tradicionales en tiempo de paz de vigilancia y control de nuestro espacio aéreo, y de vigilancia marítima y búsqueda y salvamento en la mar, hay que añadir entre otras tareas su constante cooperación en la extinción de incendios forestales, evacuaciones de personal, y apoyo a la Organización Nacional de Trasplantes de órganos.

En las últimas décadas ha habido grandes desastres puntuales fuera de España en los que también han colaborado nuestras Fuerzas Aéreas. Entre ellos quizás los más conocidos fueron el devastador tsunami de Indonesia, terremotos en Irán, huracanes como el Mitch y el Katrina en Estados Unidos y el Caribe. 

A día de hoy la lucha contra el Covid-19 ha implicado también a nuestro Ejército del Aire en la lucha contra ese enemigo invisible al que nuestra población solo podía identificarle por el miedo, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte que provocaba en todo el territorio nacional. Toda su aviación de transporte y sus helicópteros han estado colaborando desde un primer momento en la lucha contra el virus: 161 vuelos a cualquier hora del día o de la noche y a cualquier parte del mundo a buscar material sanitario para hacer frente a la enfermedad, o a llevar a cabo evacuaciones con aviones en versión medicalizada y transportes de personal para poder atender o trasladar adecuadamente a los enfermos allí donde fuera necesario. Mas de 350 horas de vuelo por el momento y más de 85 toneladas de carga transportadas sin límites de horarios ni de aeropuertos de destino gracias al permanente esfuerzo de las tripulaciones y del personal técnico de mantenimiento y llevando al límite las horas de actividad de los mismos. En esta campaña el Ejército del Aire ha empleado también todos su personal y recursos médicos: su Unidad Médica de Aeroevacuación, sus UCI para el cuidado intensivo de los enfermos más afectados en el hospital instalado en el IFEMA, sus dos Unidades Médicas Aéreas de Apoyo al despliegue prestando apoyo sanitario a diversos hospitales y a la UME, y una planta de oxígeno que ha instalado en el Hospital Central de la Defensa en Madrid. También ha llevado a cabo misiones de protección de instalaciones críticas para liberar efectivos de la Guardia Civil, y de reconocimiento e información en muchas localidades de las provincias de Madrid, Murcia, Sevilla y Zaragoza. En fin, ha hecho todo lo que ha podido… y más.

La catástrofe está siendo colosal a nivel mundial y todavía no se sabe cuándo terminará. De hecho, puede recrudecerse después del verano y, en cualquier caso, es seguro que al Covid-19 le queda mucho camino por recorrer en amplias zonas del planeta. ¿Qué huella puede dejar en el Ejército del Aire en ese futuro incierto que nos aguarda tras la desaparición o cohabitación con el virus, y siempre con la posibilidad de nuevos rebrotes o de otras nuevas y diferentes epidemias?

No debemos olvidar que, paralelamente, el Ejército del Aire debe cumplir con su misión principal de mantener unas fuerzas aéreas capaces de hacer frente eficazmente a sus obligaciones en la defensa nacional y estar preparado para un conflicto militar generalizado o puntual respetando nuestros compromisos con las organizaciones internacionales de seguridad y defensa de las que formamos parte. Combinar esta misión con la de constituir un elemento de servicio a la sociedad en tiempo de paz y de apoyo en caso de catástrofes a nivel nacional o internacional nos lleva a la pregunta de ¿qué elementos del Ejército del Aire podrían necesitar una cuidadosa consideración para su fortalecimiento o actualización?

Sería pretencioso precisar aquí unas recetas para modificar estructuras o medios del Ejército del Aire en función de su experiencia en la pandemia del Covid-19. El Ejército del Aire no solo tiene experiencia en el tratamiento de situaciones críticas, sino que dispone de unos órganos de planificación muy competentes que sin duda alguna ya están en estos momentos trabajando en este asunto. No obstante, quizás no es una injerencia excesiva sugerir a continuación como final de este artículo un par de preguntas inspiradas en el sentido común que pudieran identificar algunas áreas de reflexión para el futuro.

En una primera aproximación, la repetición de situaciones como la actual quizás podría necesitar un mayor uso en el futuro de medios de transporte aéreo y consecuentemente una mayor capacidad de nuestro Ejército del Aire para ello. En este sentido, ¿no sería muy positivo acelerar el programa de adquisición de los aviones A-330 MRTT? Ello redundaría en un ahorro importante de tiempo en la ejecución de los vuelos a gran distancia que fueran necesarios en momentos de crisis o catástrofes de todo tipo, y un sensible aumento de las capacidades de transporte de carga y personal que fuera necesario en estos casos, incluida la aeroevacuación médica.

En cuanto a las instalaciones médicas que dispone el Ejército del Aire, son las que se pueden tener con los fondos de que se dispone, y ya han demostrado su gran utilidad donde han sido desplegadas. ¿Están dotadas estas Unidades de suficiente personal para hacer frente a grandes emergencias como epidemias o conflictos de gran intensidad? En caso de que no fuera así, ¿No sería este un campo donde se podrían emplear con particular éxito al personal reservista voluntario? ¿podría ayudar hacerlo en colaboración con la red hospitalaria española y con las universidades de medicina mediante un sistema imaginativo y satisfactorio para el personal reservista, las universidades y los hospitales? ¿Sería este un buen momento de repensar el papel a desempeñar por los reservistas voluntarios en todos los órdenes en que puedan formar parte de nuestras fuerzas armadas? El tiempo transcurrido desde la creación de la Reserva Voluntaria en España y la experiencia acumulada quizás sugiere una más profusa y mejor utilización de este recurso humano, más acorde con la que se hace en los países de nuestro entorno.

No puedo finalizar sin insistir en que las responsabilidades de nuestras fuerzas armadas en el campo de su apoyo en el caso de catástrofes no son nuevas, y en que el Ejército del Aire viene actuando desde hace muchas décadas apoyando situaciones de este tipo. En el caso de la pandemia actual, lo que es nuevo es, además de su dimensión universal, que ha afectado a la práctica totalidad de los ciudadanos españoles. Todo ello exige un verdadero salto adelante en las capacidades que queramos tener para hacerla frente en el futuro.

Humildemente pienso que las preguntas planteadas anteriormente merecen cierta consideración, y que al menos son lo que en las reuniones internacionales se entienden como «food for thought», materia para pensar.

Por Eduardo Zamarripa Martínez

Teniente General del Ejército del Aire