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El factor humano

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Tuve un jefe, un prodigio de competitividad, que no podía entender que nos lleváramos personalmente bien con empleados del mismo sector pero de empresas diferentes. Era como un patriota empresarial, una especie de la que me he encontrado unos pocos, siempre con harta sorpresa. Porque su incuestionable lealtad a la empresa, en absoluto fingida o menor, duradaba exactamente hasta que otra le hiciera una mejor oferta. Pero, hasta ese momento, parecía soñar con beber cerveza en los cráneos de los directivos de las firmas rivales.

Nunca entendí eso. Tampoco en la política, o la religión. Incluso si pensara que Podemos quiere mi exterminio físico, no me sale responder a mi vecino podemita con un hosco silencio a su “buenos días”.

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Aunque mi profesión fuera, como es la de los políticos, trabajar cada día con mis rivales, con los que sueñan con una sociedad donde yo y los míos no tenemos cabida, no vería la necesidad de tratar todos los días con ellos a cara de perro. Acabaría con una úlcera y problemas coronarios, y no hubiera ganado nada.

Nuestro régimen, nuestros regímenes por defecto en Occidente, parten de una ficción que, al menos en ese aspecto, deberíamos esforzarnos por materializar: que es posible, como poco, debatir civilizadamente; idealmente, con cortesía, la misma que tuvo Santo Tomás Moro con su verdugo. ‘Parlamento’ es una palabra que presupone gobernar con la palabra, que significa la posibilidad de resolver los problemas comunes hablando en lugar de hacerlo en el campo de batalla. Pero incluso si se llegara a lo segundo, hay honor en tratar al enemigo individual como un ser humano, como un otro yo, por equivocado que le juzguemos y, entre tiro y tiro, no dejar que el enfrentamiento colectivo nos amargue la Tregua de Navidad.

Buena parte de la reacción que ha suscitado el vídeo en el que salen departiendo amigablemente Espinosa, Iglesias y Arrimadas, como si estuviesen traicionando a las bases por no lanzarse cada uno al cuello de los otros dos, se me antoja infantil y bárbara. Aunque es obligado añadir que buena parte de la culpa la tiene una retórica que ha conseguido que, mientras nuestros representantes de cada color sean perfectamente capaces de compartir unas kokotxas en alegre compaña, sus representados andemos cada día más encabronados los unos con los otros.

Pablo se sintió obligado a hacer unas declaraciones muy cercanas a la disculpa, como si le hubieran cogido en un renuncio. No hay tal, como él mismo explica. Pero buena parte de la culpa del malentendido está en sus propias palabras, como la indignación por su chalet de Galapagar: no es buena cosa convocar una partida para “cazar fascistas”, ni disculparse por no “partir la cara” de los “fascistas” que te han invitado amablemente a debatir en su televisión.

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