YA NO CUELA

El fin de la ley

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La gran frustración del periodista vocacional es que, obligado a dar las noticia, nunca puede dar la noticia, es decir, lo que realmente está pasando y cambia nuestras vidas. Porque esto rara vez es una declaración de guerra o una (única) nueva ley, sino más bien una tendencia, una acumulación, lo que da mal para el titular diario y el ‘breaking news’.

De estos días, por ejemplo, no elegiría la tramitación de la ley de eutanasia ni la renovación del Consejo General del Poder Judicial, no porque sean irrelevantes, sino porque son casi automáticas. La eutanasia nos llega sin el fiero debate que debería corresponder a estas cuestiones de, literalmente, vida y muerte, y ni siquiera los grupos mediáticos del régimen han tenido que hacer una de esas machaconas campañas de casos lacrimógenos, noticias sesgadas y tribunas sesudas durante meses que han caracterizado otras revoluciones de ingeniería social.

En cuanto a los cambalaches del consejo, ¿qué hay verdaderamente de nuevo, o incluso de significativo?

Por eso yo hoy me quedaría con una frase oída con irrelevantes variaciones a nuestros maestros Ciruela de los medios, “tenemos que acostumbrarnos a ir por la calle con mascarilla”, y que “Igualdad cuenta como acoso sexual las miradas, bromas e insinuaciones, y ya las computa como violencia contra la mujer”.

El señorito de antaño solía ponerle un piso a su amada, cuando no un estanco. Pablo puso a la suya un ministerio, que viste más, pero luego hay que llenarlo, hacer cosas. Y son, dado el nivel, este tipo de cosas.

¿Por qué considero significativo algo tan aparentemente trivial, tan tonto? Porque estamos hablando de la ley, el pilar de la civilización, un corpus sobre el que descansa el orden social entero y que nuestra civilización ha ido destilando a lo largo de milenios. Y eso es lo que está derrumbándose ante nuestros ojos.

Con grandes esfuerzos, nuestros modelos jurídicos fueron asentando principios que son esenciales, como la igualdad ante la ley, el principio de presunción de inocencia, el ‘de minimis no curat lex’ (la ley no se ocupa de las minucias) o la determinación unívoca de los términos. Todo eso está ya herido de muerte.

¿Cómo se interpreta una mirada? ¿Cuándo una insinuación es, realmente, una insinuación? ¿Quién lo determina? Decía Chesterton que, en un día claro, uno puede acercarse al borde mismo de un precipicio sin nada que temer, mientras que en un día de niebla o en una noche oscura se apartará de él muchos metros. Igual sucede aquí: por miedo a entrar en un tipo penal tan elástico y vago y quedar con la vida arruinada, no se terminarán las insinuaciones o las miradas, que a saber qué es eso, sino las relaciones cotidianas entre hombres y mujeres se reducirán al mínimo, se harán tensas e incómodas, sin contar con que la ley se volverá una excelente arma contra el enemigo político.

En cuanto a lo primero, es sencillamente ominoso. La máscarilla es humillante, masificadora, despersonalizante, innecesaria y abusiva. Entendería que nos dijeran que sí, que es incómoda y alienante, pero que tengamos paciencia, que es solo una emergencia. Pero pedirnos que nos “acostumbremos” a ella, la primera sociedad enmascarada de la historia, es para que el régimen stalinista parezca un paraíso libertario.