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YA NO CUELA

El Ibex

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Antes Iglesias hablaba mucho del Ibex, esa extraña hidra de treintaicinco cabezas, como un nuevo Perseo decidido a enfrentarse en solitario al monstruo. Es una retórica algo cansina y apolillada, pero reverente con una vieja tradición de cuando la izquierda tenía una vaga relación, de boquilla al menos, con la clase obrera. Hoy viene a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.

Porque el Ibex, ay, prefiere la izquierda.

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Hubo un momento fatal en que la derecha creyó tener algo que ver con las grandes empresas, creyó que, como decían en Estados Unidos, “lo que es bueno para General Motors es bueno para America”.

Uno solo tiene que ver su publicidad o sus comunicados oficiales -cada vez más parecidos a los de un régimen- para advertir que cuanto más grande e internacional es una empresa y más reconocida su marca, más estridentemente se presenta en la vanguardia de la Revolución, con mayor ahínco defiende y propaga la versión más enloquecida de la incesante campaña de ingeniería social que padecemos. No sé qué legitimidad les otorga vender lavadoras o maquinillas de afeitar, pero así es.

De esto hay dos explicaciones que considero falsas. La más elemental es que las grandes alimentan el cocodrilo con la esperanza de saciarlo y que no se las coma a ellas. La segunda, que se la he leído hace poco a un liberal de estricta observancia, pretende que las marcas no hacen otra cosa que ajustarse a un mercado cambiante, versión comercial del dicho de Lope de Vega de hablar en necio al vulgo si el vulgo es necio. Es decir, es la aplicación canónica de respuesta a la demanda en un mercado perfecto. No es nada personal, son solo negocios.

Solo que es demostrablemente falso. Las ideas que propagan las multinacionales están muy a la izquierda de su público objetivo y, en no pocas ocasiones, son directamente ofensivas para sus potenciales compradores. Cuando, hace no mucho, una marca de cuchillas de afeitar lanzó un anuncio que era un ataque sin paliativos contra la abrumadora mayoría de quienes tienen algo que afeitar en la cara, la operación se tradujo en pérdidas millonarias.

No, el mercado no es tan perfecto, ni tan perfectamente racional. Los altos ejecutivos pertenecen a la misma clase, se han formado en las mismas universidades y comparten cosmovisión con el resto de la élite, también la política y la cultural. Van a las mismas fiestas, leen los mismos periódicos, escuchan idénticas consignas y confiesan un mismo credo progresista.

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Por lo demás, a partir de determinado tamaño y alcance universal, una empresa se parece más al Leviatán de la burocracia estatal que a la atribulada pyme y a la tienda de la esquina. Es lo que tiene ser demasiado grande para caer, como decían en Estados Unidos durante la última recesión.