Es todo tan pequeño

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Me cuesta menos resignarme a que la decadencia sea terrible y desoladora que a su mezquindad, su ligereza. El consuelo de quien vive la cercanía del fin es que sea grandioso, de que todo arda en un terrorífico espectáculo al que solo le falte la Cabalgata de las Valquirias como banda sonora. Lo deprimente es que la consecuencia sea dramática y el mecanismo y los personajes, banales.

Pedro es banal. Pedro tiene un espíritu indeciblemente mezquino, es un ser pequeño, de esos que necesitan las más extrañas carambolas del destino en una era baldía para no vivir en el gris anonimato que corresponde a su mediocridad.

Empezamos, hace mucho, señalando sus mentiras. A estas alturas hacerlo sería hacerle el honor de suponer que a veces dice la verdad o, mejor, que la diferencia entre lo falso y lo verdadero tiene algún peso en su actitud.

Pedro es la encarnación de nuestro tiempo, implacable bajo una máscara de sentimentalismo formal, tan pequeño en sus miras como para iniciar su andadura al frente de uno de los reinos más antiguos y significativos de la historia pensando en el colchón. Se ha dicho de él -he dicho de él- que le corroe una ambición gigantesca, pero creo que la palabra le viene grande. En el ambicioso hay cierta retorcida grandeza, y en Sánchez solo el naricisismo es grande.

Caerá por vanidoso, por ese narcisismo de caricatura que tan mal se compadece con su mediocridad. Hacemos mal en buscar planes detrás de sus vergonzosas maniobras. No hay plan, no hay proyecto. Solo quiere estar ahí, y cuando caiga dejará solo una pila de escombros.