Fuck Vox

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La cultura popular es una presencia casi inevitable en la vida de un adolescente, de modo que ni los menos musicales de estos puedan dejar de tararear, distraídos, la canción del momento. Uno no escapa entonces a ‘lo que se lleva’ ni siendo de natural distraído e indiferente o viviendo en una aldea perdida, de modo que cualquiera a estas edades puede recitar los nombres de un puñado de cantantes de moda como yo puedo, sin interesarme el fútbol, conocer unos cuantos jugadores estrella del Real Madrid.

Pero crecer es seleccionar o, por usar un verbo prohibido, discriminar. Saber lo que a uno le gusta de verdad es labor de toda una vida, como lo es plantarse ante ‘lo que se lleva’ y decidir no llevarlo. O no todo.

Es así que hay una cantante de moda que los medios se han empeñado que conozca y yo me he negado a conocer. Durante un tiempo que no sé medir he recibido invitaciones online -también conocidas como ‘publicidad’- para que la oiga cantar, invitaciones que he declinado cada vez. No sé cómo suena, no sé qué canta. Pero ayer me llegó de ella, no cantado, sino escrito, un mensaje: Fuck Vox.

No parece gran cosa, ¿verdad? Uno pensaría que es endiabladamente difícil soltar algo más infantil y manido, algo que gaste menos neuronas, que exija menos reflexión, que refleje un estado mental más dominado por la pereza argumental y el instinto chabacano de la postmodernidad. Hay, de hecho, una cuenta en Twitter dedicada en exclusiva a yuxtaponer ese ‘Fuck’ universal a sustantivos aleatorios.

Y, sin embargo, ese faro del Nuevo Periodismo que es el Huffington Post, recoge en su versión española la sandez de la cantante y titula que “ha destrozado Vox con dos palabras”. El nivel es tan desoladoramente bajo que sería un desperdicio aprender a leer si se generalizara. Uno se siente, al leer algo así, como ante un insondable abismo de estupidez que amenaza con engullir toda nuestra civilización en una melaza descerebrada y sentimental.

Para la cantante viene a ser una forma de promoción. Hace tiempo que las artes están férreamente controladas por comisarios que ya no se conforman con que los elegidos para la gloria jamás digan una sola palabra contra la izquierda global más radical, sino que ahora exigen a sus marionetas una participación entusiasta en los obligados cinco minutos de odio. Nuestra tonadillera no ha hecho otra cosa que reducir al mínimo su juramento de lealtad, eligiendo, imagino que para que llegue más lejos su confesión de pertenencia a la verdadera fe, el idioma del imperio.