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Hagan juego, señores

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¿Queda entre mis lectores alguno que recuerde el ‘Un, dos, tres’ de Chicho Ibáñez Serrador? Era un concurso en cuya fase final la pareja ganadora tenía que elegir el premio que habrían de llevarse a casa. Sí, lo elegían ellos, pero la elección consistía en decantarse entre tres puertas cerradas, tras los cuales lo mismo podía encontrarse un coche, un apartamento en Torrevieja o una calabaza monda y lironda. Tenían, como única pista de lo que podrían encontrarse al otro lado, un mensaje con una adivinanza que solía ser lo bastante engañosa como para que la cosa tuviera emoción.

Los seres humanos tenemos tendencia a enamorarnos de la mecánica de las cosas, de la carcasa. En medio de nuestras frustraciones políticas nos consuela pensar que, al fin, somos nosotros, en una democracia consolidada, quienes elegimos libremente a nuestros gobernantes. Pero, ¿es elegir librementre hacerlo entre puertas cerradas y mensajes engañosos?

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En el mercado, eso es más fácil de ver. Si uno contrata un paquete de vacaciones en el que la agencia promete llevarte a un hotel de cinco estrellas en el Caribe y acabas en un albergue infecto en el Mar Menor, se puede reclamar, que te devuelvan el dinero y llevarte, además, una indemnización.

Misteriosamente, en política, donde nos jugamos bastante más que en unas vacaciones, esto no se aplica. El candidato puede arrastrar millones de votos prometiendo una cosa y gobernar haciendo la contraria. El votantes, claro, se indignará y echará pestes en el bar y en las redes sociales, pero no presumirá, en la mayoría de los casos, que se haya tratado de una elección nula por engañosa.

Y eso es muy curioso, porque, ¿cuál es la razón de que votemos a este y no ha este otro? Previsiblemente, las cosas que dice que va a hacer. ¿En qué sentido es, entonces, libre la elección si el candidato miente? No es como si se tratase de gente conocida, como a menudo sucede en los pueblos pequeños, donde se elige a Julián porque se conoce a Julián, que tiene sus cosas pero es competente y honrado.

No, a escala nacional elegimos a alguien que no conocemos personalmente, y al que la maquinaria de propaganda del partido ha convertido en un producto de marketing. Solo podemos guiarnos por lo que dice que va a hacer. Y es por eso por lo que las democracias sanas y consolidadas consideran la mentira como el pecado imperdonable, el que aleja del candidato toda posibilidad de volver a presentarse ante el electorado.

Ahora preocupa mucho la proliferación de casas de apuestas, hasta el punto de que acabar con ellas o reducirlas se ha convertido en un punto en muchos programas. Pero en política parece gustarnos jugar a la ruleta, elegir entre las puertas A, B y C y llamar al resultado “la voluntad popular”.

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